domingo, 12 de abril de 2020

Creyentes en tiempos de pandemia (2)

Creyentes en tiempos de pandemia
(Segunda parte)

Raúl Pariamachi ss.cc.

Decía que el fenómeno de la pandemia es un hecho biopolítico que debemos discernir como personas creyentes; quisiera retomar los tres aspectos que dejé anotados, en relación con los modelos de Dios, la experiencia eclesial y la solidaridad global.

3.1. Modelos de Dios

En su novela La Peste, Camus relata la tragedia de la peste bubónica que azotó a Orán. Entre los personajes figura el padre Paneloux, un jesuita erudito que tuvo a cargo el sermón de clausura de la semana de oración. El padre trató de demostrar el origen divino de la peste y el carácter punitivo del azote. En alusión a las plagas de Egipto, predicó que Dios pone a sus pies a los orgullosos y a los ciegos. Cuando la peste se agudizó, el sacerdote teólogo decidió integrarse al equipo sanitario. Una escena clave es cuando presencia la terrible agonía de un niño, cuyos gritos lo hicieron caer de rodillas. Meses después predicó otro sermón. Ya no se le vio tan seguro, afirmó que no había que intentar explicarse el espectáculo de la peste, sino aprender de ella. Con respecto a Dios había unas cosas que se podían explicar y otras que no. Si es justo que el libertino sea fulminado, el sufrimiento de un niño no se puede comprender. Había que empezar a avanzar entre las tinieblas y procurar hacer el bien. Camus concluye que “la religión del tiempo de peste no podía ser la religión de todos los días”. [1]

Las reacciones y las explicaciones de un creyente ante la pandemia hacen evidente su modelo de Dios. No se trata solo de una imagen de Dios, sino de un modelo en el sentido de un constructo complejo que integra imágenes, metáforas y conceptos sobre Dios. El modelo plantea una serie de preguntas acerca de Dios: ¿qué forma de amor sugiere este modelo de Dios?, ¿qué actividad, trabajo o doctrina está asociado al mismo?, ¿qué implicancias se derivan con respecto a la conducta de los seres humanos? Cuando un creyente dice que el Covid-19 es un castigo de Dios por los pecados del mundo, se puede reconstruir no solo la imagen que tiene de Dios, sino su modelo en un sentido más integral y complejo. [2] Por supuesto, también intervienen otros factores biográficos, psicológicos y culturales.

Es innegable que la Biblia usa el lenguaje del castigo divino, sea contra los adversarios de Israel (Ex 11,1-5) o contra el pueblo de Israel (2Cro 7,12-14); incluso en el Nuevo Testamento se reitera que Dios castiga o corrige (paideúō) a los que ama (Hb 12,5-7). La lectura crítica de la Biblia exige asumir que es palabra de Dios en palabras humanas, que los autores inspirados escribieron desde su tiempo, lenguaje y cultura. Esto explica que dentro de la Biblia se perciba una evolución en la comprensión de la revelación de Dios, como en el caso del castigo divino; por ejemplo, Job cuestiona que el sufrimiento sea siempre un castigo de Dios. Por lo demás, el lenguaje sobre Dios usa la analogía como una interacción entre la semejanza y la diferencia. Se dice que Dios es padre (semejanza), pero no un padre simplemente humano (diferencia), sino padre en grado superlativo. No se puede llevar la analogía al absurdo diciendo: como un padre castiga a su hijo porque lo ama, así Dios nos castiga porque nos ama. En cualquier caso, Dios es un padre que no castiga con el mal, sino que ama sin límites. [3]

Es cierto que en la tradición de la Iglesia se ha utilizado el lenguaje del castigo de Dios aplicado a los males en el mundo: en los padres de los primeros siglos, los papas y los santos, así como en las revelaciones privadas. Es el caso de la tercera profecía de Fátima. Al respeto, es relevante advertir el desarrollo tanto en la enseñanza de la Iglesia como en la religiosidad de los pueblos, en asuntos doctrinales y en temas morales. [4] Es evidente que el imaginario del castigo divino tuvo un rol pedagógico para vivir la fe en otras épocas, pero es insostenible en el presente siglo. Ya Tomás de Aquino decía: “En el Nuevo Testamento hay algunos carnales que no llegan aún a la perfección de la ley nueva, a los cuales fue preciso inducir a las obras de virtud con el temor de los castigos y con algunas promesas temporales”. [5] Vale aclarar que en la misma tradición tenemos contraejemplos sobre el castigo divino.

Es probable que parezca razonable aplicar la lógica del castigo a las acciones de Dios, como en el caso de una pandemia. Si Dios es justo sería lógico que premie con bienes y que castigue con males. Lo haría para advertirnos, corregirnos o curarnos. Como el padre sádico que azota a su hijo mientras le dice: “¡Esto me duele más a mí que a ti!”. Ante la pregunta de qué es el castigo divino en la lógica de Dios, el cardenal Ratzinger contestó: “Dios no nos hace el mal; ello iría contra la esencia de Dios, que no quiere el mal”. [6] Las causas de todos los males que aquejan al planeta radican en el sistema natural o en la acción humana. Cuando hablamos de pecado es clave saber que nos referimos a la connotación religiosa de los actos humanos, que tienen sus consecuencias en las personas y el ecosistema.

Es saludable que los cristianos nos neguemos a interpretar la pandemia en términos de pecado, culpa y castigo, sumando el horror religioso al pánico social de nuestros tiempos. El hecho de que algunos sigan entendiendo la enfermedad como castigo divino es señal de una religión inmadura. Es perverso manipular una tragedia para defender ciertas posiciones contra el aborto, la eutanasia, la violencia o la llamada ideología de género. Sostener que la pandemia es castigo de Dios es “ignorar el mensaje bíblico de la misericordia de Dios e invertir el mensaje gozoso del Evangelio convirtiéndolo en un mensaje de amenaza, instrumentalizar a Dios como garante de las propias representaciones morales y decir más sobre sí mismo y la propia imagen de los valores y de Dios que sobre el Dios del anuncio cristiano”. [7] Más todavía, en algunos casos se ha transitado de lo ideológico a lo psicótico.

En realidad, el tema del castigo divino lleva a otro en el que no vamos a entrar ahora: ¿Por qué Dios permite el mal en el mundo? (se busca el imposible de un mundo finito sin mal). No tenemos una respuesta apodíctica para esto, sino solo un simple balbuceo desde la fe. Lo que sí sabemos es que en medio de las tragedias humanas nunca se dejó de oír el Shemá Israel o el Padre nuestro, como una expresión sublime de la confianza absoluta en el Dios de la vida. El grito de Jesús en la cruz es el grito de la humanidad a Dios, al mismo tiempo que el signo de la solidaridad de Dios que compartió nuestra condición: el Verbo que se hizo carne (Juan), el Siervo doliente (Isaías) y el Mesías crucificado (Pablo). Es el mismo Jesús que, en la mañana del primer día de la semana, se levanta del reino de la muerte.

Continuará…


[1] Albert Camus, La Peste (Barcelona: Penguin Random House, 2020), edición para Kindle.
[2] Cf. Sallie McFague, Modelos de Dios. Teología para una era ecológica y nuclear (Santander: Sal Terrae, 1994), 14.
[3] El profeta Isaías dice que Dios ama como una madre: ¿acaso una madre olvida al hijo de sus entrañas? Pues, aunque una madre olvidara a su hijo, Dios no se olvidaría de ti (Is 49,15).
[4] Entre los más clásicos bastaría con citar las opiniones autorizadas de Gregorio Nacianceno, Jerónimo, Agustín, Vicente de Lerins y Tomás de Aquino, sin mencionar las de los teólogos modernos.
[5] Tomás de Aquino, Suma teológica I-II, q. 107, a. 1, ad. 2.
[7] Frank Sanders, “El sida: ¿castigo de Dios? Sobre la sobrecarga metafísica de un fenómeno biológico”, en Concilium 321 (2007), 386.

domingo, 5 de abril de 2020

Creyentes en tiempos de pandemia (1)


Creyentes en tiempos de pandemia
(Artículo en desarrollo)

Raúl Pariamachi ss.cc.


“No temerás el espanto nocturno,
ni la flecha que vuela de día,
ni la peste que se desliza en las tinieblas,
ni la epidemia que devasta a mediodía.”
(Salmo 91, 5-6)


El año 430 a.C. la plaga de Atenas provocó la muerte de cien mil habitantes (el 25% de la población), durante la guerra del Peloponeso entre atenienses y espartanos. En su Historia de la guerra del Peloponeso, Tucídides describe los orígenes, síntomas y efectos de esta peste, aunque siempre sea difícil distinguir entre historia y ficción. El mal habría venido de las tierras altas de Etiopía a través del imperio persa, por medio del comercio que cruzaba el mar Egeo. La epidemia tuvo efectos devastadores no solo en los cuerpos humanos, sino también en las costumbres (tratamiento de enfermos y cadáveres), el sistema político y la piedad religiosa, al punto que Tucídides decía de los ciudadanos que “ningún temor a los dioses ni ley humana los detenía”. [1] Por su parte, la mitología atribuía este mal a la ira de los dioses: la celosa Hera envió la plaga a la isla de Egina como venganza por la infidelidad de Zeus.

Se calcula que desde entonces más de veinte pandemias han azotado a la humanidad, siendo la más terrible el segundo brote de la peste negra (bubónica), que causó la muerte de cien millones de personas de 1347 a 1351 (desapareciendo un tercio de la población europea). Le siguieron en gravedad la viruela que en torno a 1520 mató cerca de 50 millones de nativos en el territorio americano; [2] la gripe española que dejó entre 40 y 50 millones de muertos en solo un año (1918-1919); y el VIH-Sida que ha costado la vida de más de 25 millones desde 1981. La historia muestra que las pandemias han sido objeto no solo de investigaciones científicas, sino también de interpretaciones religiosas; por ejemplo, se sabe que durante la peste negra muchos cristianos atribuían la plaga al castigo de Dios, al punto que algunos extremistas se desplazaban por las ciudades flagelándose para aplacar la ira divina.

El pasado 11 de marzo la OMS ha declarado el Covid-19 como una pandemia, debido a su extensión por el mundo. Todos nos sentimos conmovidos, perplejos y vulnerables frente a una crisis sin precedentes en los últimos tiempos. Hasta el momento, contamos 1’225,360 contagiados y 66,542 fallecidos, en 183 países. En el Perú, sumamos 1,746 casos y 73 muertos (5 de abril). En varios países se ha declarado el aislamiento social obligatorio (cuarentena), el toque de queda y el cierre de fronteras, que afecta a muchísimas personas, especialmente a las que viven de su trabajo de cada día. El Covid-19 ha puesto al descubierto la precariedad de nuestros sistemas sociales de salud, salubridad, alimentación, seguridad y empleo. Somos testigos de cómo la pandemia genera una serie de reacciones y de explicaciones en todos, a las que obviamente no somos ajenas las personas que creemos en Dios.

1. Reacciones y explicaciones

Algunos líderes de los países han sabido tomar decisiones para evitar que el virus se siga propagando en el planeta. Sin embargo, más cerca de nosotros han llamado la atención las actitudes de los presidentes de EE.UU., México y Brasil. El caso extremo es Jair Bolsonaro, quien dijo: “Va a morir gente, lo siento, pero no podemos parar una fábrica de autos porque hay accidentes de tránsito”. [3] En el fondo, se trata de una conducta mercantilista que prioriza la protección de la economía por encima del bienestar de las personas. La polémica se grafica en la lucha de los hashtags #YoMeQuedoEnCasa vs. #ElPaísNoPuedeParar.

Muchas personas están haciendo un enorme trabajo, desde la búsqueda de la vacuna hasta la atención a los pacientes. Al mismo tiempo, están circulando diversas opiniones sobre el origen, la propagación y el efecto del Covid-19. Las teorías conspirativas hablan de un virus artificialmente producido; por supuesto: unos dicen que sería un ataque preventivo de guerra biológica de parte de EE.UU., otros dicen que sería el accidente de un experimento chino de biogenética que se salió de control. En las redes sociales abundan las discusiones sobre cómo enfrentar la pandemia, que oscilan entre el escepticismo y el catastrofismo. Los académicos también comienzan a escribir sobre el impacto del Covid-19 en el futuro más cercano: tanto quienes afirman que el coronavirus es un golpe al capitalismo a lo Kill Bill y podría conducir a la reinvención del comunismo (Slavoj Žižek), como quienes sostienen que China podrá vender su Estado policial digital como un modelo de éxito contra esta pandemia y que el capitalismo continuará aún con más pujanza en el futuro (Byung-Chul Ha). [4]

Los ciudadanos de a pie sentimos cómo nuestras vidas han cambiado en pocos días. Muchos no salimos de casa sino para comprar alimentos o medicinas. Los adultos mayores y las personas vulnerables están expuestos a los efectos nocivos del virus. Las familias pobres pasan la cuarentena en condiciones difíciles. Los medios de comunicación insisten en que no debemos entrar en pánico, pero todo el día no hacen otra cosa que hablar del tema. Crece la tendencia a la mano dura, que se entiende como un cheque en blanco a las fuerzas del orden. Cuesta mucho tener una reacción responsable, solidaria y equilibrada.

2. Reacciones y explicaciones “religiosas”

Por otra parte, constatamos que varios líderes religiosos han estado a la altura de los desafíos. El pasado 27 de marzo, el papa Francisco pronunció una homilía que es un modelo de comprensión de la pandemia. No obstante, también hemos tenido explicaciones religiosas en otros sentidos: Atanasio Schneider (obispo católico de Astana en Kazajistán), declaró que el Covid-19 es “una intervención divina para castigar y purificar al mundo pecador y también a la Iglesia”. [5] Brian Tamaki (pastor pentecostal en Nueva Zelanda), predicó que el coronavirus es un castigo de Dios que se podría evitar -entre otras cosas- pagando el diezmo. [6] Kourtney Kardashian (personalidad de la televisión estadounidense), publicó una cita bíblica en la que se lee que Dios envía pestes sobre su pueblo (cf. 2Cro 7,13). [7] Oppah Muchinguri (ministra de defensa de Zimbabue), dijo que el Covid-19 es un castigo divino a los países occidentales por su imposición de sanciones a Harare. [8] Svetlana Khórkina (campeona olímpica rusa), dijo que el coronavirus es un castigo divino a Occidente por perseguir a Rusia. [9]

Otros no hablan explícitamente de castigo, pero dicen que la pandemia es un llamado de atención de Dios en referencia al aborto, la eutanasia, la violencia o la ideología de género, como el obispo de Cuernavaca; [10] en realidad, la lógica es la misma.

Los creyentes de a pie estamos viviendo la pandemia como personas de fe, en actitud de discernimiento de los tiempos, confianza en Dios y solidaridad con otros seres humanos. No han faltado los excesos. Ha costado diversificar la liturgia, como en el caso de la comunión en la mano, al punto que algunos la calificaron como algo “satánico”. No han faltado quienes se resistieron a cerrar sus templos, con el argumento de que los fieles necesitan orar a Dios. Circuló la imagen en la que unos obispos están clavando la puerta del templo, mientras Hitler, Mao y Lenin dicen: “¡Buen trabajo! Lograron lo que siempre quisimos hacer”. No han faltado quienes desobedecieron las disposiciones del Estado. Como los que organizaron eventos sin tener en cuenta las protecciones del caso. En las redes sociales se leían llamados a emular el ejemplo de cristianos que desafiaron a las plagas en el nombre de Dios. Y hasta se criticaba una supuesta incoherencia de la Iglesia “en salida” del papa Francisco, que habría terminado por abdicar a su misión de estar con la gente en medio de la peste. [11]

3. Discernir los signos de los tiempos

El fenómeno de la pandemia se constituye en un hecho biopolítico a discernir desde la fe cristiana. Al respecto, quisiera enfocarme en tres aspectos. [12] El primero se refiere a que las reacciones y las explicaciones de los creyentes implican un determinado modelo de Dios, que configura su experiencia religiosa. Hemos visto que dos personas, que se supone abrazan la misma fe, tienen reacciones y explicaciones distintas: una dice que el Covid-19 es un castigo de Dios por los pecados del mundo y la Iglesia, en tanto que la otra afirma que Dios no castiga, sino que sufre con nosotros, motiva la solidaridad y anima la esperanza (contraposición que refleja la disyuntiva entre ser más sensibles al pecado o al sufrimiento). En el fondo, estamos ante la cuestión de cómo hablar de Dios en tiempos de pandemia.

Un segundo aspecto se refiere a la experiencia eclesial, que supone un desafío sobre el nuevo modo de ser Iglesia a partir de ahora. El despertar de la Iglesia que vive en las casas, debido al cierre temporal de los templos, es posible que anime la diversificación de la liturgia. La colaboración con otros en la atención de la salud, la distribución de alimentos o el servicio de consejería, es posible que convenza del valor del trabajo en redes. Los efectos imprevistos de esta pandemia durante los próximos meses, en la vida de la Iglesia y el mundo, es posible que nos haga más disponibles, flexibles y creativos. Veremos.

Finalmente, el tercer aspecto se refiere al llamado a la Iglesia ecuménica a promover una conciencia planetaria sobre la urgencia de una solidaridad global. En efecto, la pandemia está cuestionando la forma de vida que hemos llevado hasta ahora en sus múltiples facetas. No debe prevalecer el pánico, que desata la angustia, el egoísmo o la violencia, sino más bien una solidaridad cada vez mucho más amplia, sobre todo con las personas que son vistas como desechables. La Iglesia tiene que ser testigo de que la inhumanidad no tiene la última palabra. En definitiva, los avances de las investigaciones científicas y de las interpretaciones teológicas tienen que servirnos para mirar el Covid-19 no como un castigo divino, sino como un llamado a la corresponsabilidad de todos los que vamos en la misma barca.

Continuará…




[1] Tucídides, Historia de la guerra del Peloponeso (Madrid: Gredos, 1990), II, 53, 4.
[2] Las epidemias de viruela, sarampión, tifus, gripe y difteria fueron el factor principal de la disminución de la población nativa del antiguo Perú, que descendió de nueve millones a 600 mil de 1520 a 1620. Cf. Noble David Cook, La catástrofe demográfica andina. Perú 1520-1620 (Lima: PUCP, 2010), 109-124.
[4] Cf. Giorgio Agamben y otros, Sopa de Wuhan (ASPO, 2020), 21-28 y 97-111.
[11] Bastaría con googlear “coronavirus iglesia en salida” para que aparezcan los textos.
[12] Más adelante espero volver sobre estos puntos.

martes, 31 de octubre de 2017

La matriz religiosa de Lutero

La matriz religiosa de Lutero
Biografía y teología

Raúl Pariamachi ss.cc.

El próximo 31 de octubre se cumplirán 500 años de la publicación de las 95 tesis de Martín Lutero sobre las indulgencias. Una excelente ocasión para reflexionar sobre el aporte del teólogo alemán en la reforma de la Iglesia, ponderando su sentido, alcances y límites. Me atrevo a escribir estas breves líneas sin ser un luterólogo, sino sencillamente como un lector curioso que se siente atraído por el “enigma” Lutero, desde mis servicios actuales de maestro de novicios y profesor de teología (mis referencias a los autores son directas o indirectas según los casos). Especialmente a partir del curso de Gracia me he preguntado en qué consiste el punto de encuentro entre biografía y teología en la vida de Martín Lutero, como en Pablo de Tarso o Agustín de Hipona. Me parece que Lutero es un “clásico”, [1] en el sentido de ejemplo paradigmático: alguien que aunque en su origen está marcado de manera particular, al mismo tiempo tiene la posibilidad de ser universal en sus efectos, con las grandezas y miserias propias del ser humano.



1.         Las crisis en la celda

Me concentro en la etapa situada entre los límites de la vivencia de la llamada a la vida religiosa de Lutero (1505) y la publicación de sus 95 tesis sobre las indulgencias (1517), un tiempo que vivió como fraile agustino en los conventos de Erfurt (1505-08 y 1509-11) y de Wittenberg (1508-09 y 1511-17) en la antigua región alemana de Sajonia, que transcurrió entre sus 21 y 33 años de edad. Veamos.

En algunos autores la explicación del origen del fenómeno Lutero se enfoca en “la experiencia de la torre” (Turmerlebnis), de la que trataré más adelante. He preferido hablar aquí de “las crisis en la celda” para ampliar el marco vital, porque la conversión de una persona no se explica de modo suficiente a partir de un episodio puntual. Cuando hablo de “celda” me inspiro en los apotegmas de los padres del desierto.

En efecto, se cuenta que en Scitia un hermano vino al encuentro del abad Moisés para pedirle una palabra, y el anciano le dijo: “Vete y siéntate en tu celda; y tu celda te lo enseñará todo”. [2] La celda como un signo de la permanencia en la propia vocación, de la fidelidad a lo que se busca. Se cuenta que después de muchos años en el desierto del Sahara, Carlo Carreto visitó a su madre en Italia, una mujer anciana que había gastado su cuerpo trabajando duro para ganarse la vida. Carlo se cuestionó sobre si su madre no sería más contemplativa que él. Su conclusión no fue que él se había equivocado, sino que cada quien tiene su propia celda en la vida: “Él había entrado en su celda, y la celda le había enseñado lo que necesitaba saber. Su madre había entrado también en su propia celda, y esa celda le había enseñado lo que ella necesitaba saber”. [3] Cada infidelidad a su vocación de monje lo había dejado “menos persona”, menos “él mismo”; así también, a la mujer, cada traición a su vocación de madre la había dejado “menos persona”, menos “ella misma”. Lutero también entró en su celda para encontrar a Dios y para encontrarse a sí mismo. En sus años de religioso y de teólogo vivió profundas crisis, que lo llevarían fuera del convento, aunque tal vez no lejos de su propia celda.

En el verano de 1505, el joven Martín volvía de sus vacaciones a la prestigiosa universidad de Erfurt, donde estudiaba derecho para complacer a su padre (quien había ascendido de campesino a minero). En el camino se desató una fuerte tormenta que hizo temer lo peor, sentía que un rayo podría acabar con su vida: “¡Auxíliame, Santa Ana, y seré fraile!”, prometió. Pocos días después Lutero tocaba las puertas del convento de los agustinos de la Observancia en la misma Erfurt. En realidad, se sabe que un poco antes se había planteado la posibilidad de hacerse monje para servir a Dios. [4]

Los primeros escrúpulos se presentan en el noviciado, que se transformarían en los primeros síntomas de temor servil a Dios y de pelagianismo práctico (sostenerse en sus propios méritos). El propio Lutero cuenta que mortificaba su cuerpo con oraciones, vigilias y penitencias, siendo supersticioso, diligente y humilde: quería abrazar la Regla de san Agustín viviendo en castidad, pobreza y obediencia para conseguir el perdón de sus pecados y la salvación de su alma. Por supuesto, tiempo después esta pretensión de alcanzar la salvación por el cumplimiento de los votos sonará a blasfemia. En particular, en diferentes ocasiones no solo repetirá que el celibato es algo imposible de vivir, sino que la obediencia conyugal es más santa que la monástica. [5]

El joven religioso Lutero aspiraba a la santidad a través del cumplimiento de los mandamientos de Dios y de la Iglesia, y de la observancia de las constituciones y de las costumbres de su Orden agustiniana, aunque –confesará tiempo después– hacía esto sin amor, sin generosidad y sin confianza en Cristo. En el fondo, aparece el fraile atrapado en la imagen de un Dios que es más juez exigente que padre clemente.

Como sacerdote se acentuaron sus hondos temores, en su primera misa se sintió paralizado al decir: “A ti, pues, Padre clementísimo…”; porque, ¿cómo iba él a dirigirse así a la Majestad cuando todos tiemblan ante un príncipe o monarca?

Lutero mirará retrospectivamente estos hechos: [6]

“Es verdad que fui un fraile piadoso y que observé tan estrictamente las reglas de mi orden, que bien puedo decir: si algún fraile ha ido al cielo por vivir como fraile, entonces yo quiero también ir al cielo. Así lo atestiguan todos mis compañeros del convento que me han conocido. Porque, si todo aquello hubiera durado más tiempo, yo me habría martirizado hasta la muerte a fuerza de vigilias, oraciones, lecturas y otra clase de trabajos.” [WA 38, 143]

“Yo también quise ser un fraile santo y piadoso, y me preparaba con gran devoción para la misa y para la oración; pero, aun cuando era más piadoso, me acercaba como persona llena de dudas. Una vez que había pronunciado mi oración para la confesión, volvía a sentirme desesperado. Porque teníamos el delirio absoluto de que no podríamos orar y de que no se nos escucharía si no estábamos completamente limpios y libres de pecado, como lo están los santos en el cielo.” [WA 22, 305s]

“Fui fraile durante quince años. Sin embargo, no me consolé nunca con mi bautismo, sino que pensaba insistentemente: “¡Ah!, ¿llegarás a ser alguna vez piadoso y a ofrecer satisfacción para lograr que Dios sea clemente?”.” [WA 37, 611]

Siendo profesor de filosofía y estudiante de teología (después de ordenado), sus angustias seguían creciendo, aunque algunas veces se sentía consolado con las palabras de sus confesores; por ejemplo, cuando escuchaba: “Eres un necio. Dios no te aborrece, sino tú a Dios. No está irritado Dios contigo, sino tú con Dios” o “Hijo, ¿qué es lo que haces? ¿No sabes que el Señor nos mandó tener esperanza?”.

De regreso de su viaje a Roma (que al parecer no tuvo la relevancia que se cree), Lutero siguió el doctorado en teología en la universidad de Wittenberg, en la que enseñó los Salmos y las epístolas a los Romanos, los Gálatas y los Hebreos entre 1513 y 1517; sin duda un tiempo clave para comprender su giro teológico. Dice García-Villoslada que el fraile buscaba agitadamente un triple objetivo en su vida: “Pugnaba por descubrir una luz que disipase las nieblas y oscuridades, por alcanzar una certeza teológica en medio de las dudas y por arribar a la paz de la conciencia”. [7]

En sus años de estudios Lutero transitó desde el escolasticismo nominalista hacia un agustinismo radical, orientando su teología en sentido bíblico, cada vez más lejos de Aristóteles y más cerca de san Pablo; al mismo tiempo, se alimentaba de los escritos de san Bernardo, Juan Tauler y Juan Gerson. Más tarde escribiría: “Yo, que había perdido a Cristo en la teología escolástica, lo encontré en Pablo”.

Se calcula que el año 1515 Lutero tuvo una “revelación” en la torre del convento en la que solía trabajar; algunos meses previos a su muerte se referirá a esta experiencia en el prólogo a la edición completa de sus obras en latín:

“Hasta que al fin, por piedad divina, y tras meditar noche y día, percibí la concatenación de los dos pasajes: “La justicia de Dios se revela en él [el evangelio]” y “conforme está escrito: el justo vive de la fe” [Ro 1, 17]. Comencé a darme cuenta de que la justicia de Dios no es otra que aquella por la cual el justo vive el don de Dios, es decir, de la fe, y que el significado de la frase era el siguiente: por medio del evangelio se revela la justicia de Dios, o sea, la justicia pasiva, en virtud de la cual Dios misericordioso nos justifica por la fe, conforme está escrito: “el justo vive de la fe”. Me sentí entonces un hombre renacido y vi que se me habían franqueado las compuertas del paraíso. La Escritura entera se me apareció con cara nueva…” [8]

¿Qué había descubierto Lutero para sí mismo? La diferencia radical entre lo que llama la justicia activa y la justicia pasiva; es decir, entre temer la justicia de Dios como un juicio implacable sobre nuestras obras y aceptar la justicia de Dios como una acción compasiva que no toma en cuenta nuestros pecados. En definitiva, la justicia no consiste en que Dios me premia o castiga sino en que me ama y perdona. Poco tiempo después, la evolución de su pensamiento religioso desembocará en la publicación de sus 95 tesis contra las indulgencias –que adquirirá cada vez más consecuencias teológicas, eclesiales y políticas–, agudizando la tensión entre la fe y las obras para destacar la gracia de Dios. El papa León X excomulgó a Lutero el año 1521.

2.         El enigma de las crisis

La comprensión de las crisis luteranas tiene su primera fuente en los testimonios del propio Lutero, aunque en determinadas ocasiones exagere. El reformador interpretó su tiempo en el convento como la vida del católico atrapado en un sistema de creencias, valores y prácticas que pretende alcanzar la salvación por el mérito de las propias obras, al punto de excluir la fuerza de la gracia. Lutero no buscó las explicaciones en su propia educación o psicología, sino en las doctrinas y las tradiciones (costumbres, devociones y penitencias) de la Iglesia. Los críticos advierten que en ocasiones fuerza los hechos para que encajen con su versión (dramatiza, generaliza o desvirtúa). Me parece que –pasado el tiempo– es posible un juicio más sereno sobre el tema. Por una parte, es evidente que en la época se produjeron una serie de deformaciones en las creencias y las prácticas de la Iglesia, más allá de la ortodoxia. Por otra parte, también es cierto que el joven Lutero mostraba síntomas de una personalidad bastante complicada.

La interpretación católica de la juventud de Lutero estuvo influida durante siglos por la publicación temprana de J. Cocleo (1549): la crisis luterana se entiende a partir de su carácter desenfrenado, soberbio y rebelde, al punto que para justificar su “apostasía” saca de quicio ciertos textos de san Pablo. En el siglo XX aparecen otras explicaciones, que se mueven entre dos tipos bien representados por las obras del dominico E. Denifle (1903) y del jesuita H. Grisar (1911-12). En el primer caso, la comprensión de las crisis del joven Lutero radicaría en una interna corrupción moral que acarreó una nueva teoría (en términos de la fe sin obras), que derivará en la leyenda dorada del fraile observante y la leyenda negra de la Iglesia romana. [9] En el segundo caso, la clave fundamental para descifrar el enigma Lutero sería la neurosis traumática que originó un estado de angustia (entroncada con su evolución religiosa), que explicará el terror ante el Dios implacable, los escrúpulos, la melancolía y la extravagancia del joven fraile. [10] En nuestro caso, creo que es preferible considerar las crisis de Lutero desde su experiencia religiosa, que está tejida de alteraciones psicológicas, inquietudes espirituales e incertidumbres teológicas (sin entrar en las hipótesis de la perversión moral o el trastorno mental).

Una primera cuestión es la vocación religiosa de Lutero. Al respecto, me parece excesivo descalificar su ingreso al convento porque su decisión se debería al juramento “hecho en estado de terror” (¿inválido?). La explicación más consistente de su decisión radica en el ambiente religioso, tradicional y devocional en que se educó, creciendo bajo el cuidado de un padre exigente y agresivo, y el cariño de una madre sumisa y triste. No cabe duda de que cultivó una honda sensibilidad hacia las cosas de Dios. Es justificable imaginar que sus maestros vieron en el joven aspirante a una persona sincera que tenía motivaciones auténticas y condiciones suficientes para iniciarse en la vida del convento. Después de todo, quienes hemos leído admirados Clérigos –después más críticos– bien sabemos que la psicogénesis de una vocación a la vida religiosa y/o a la vida sacerdotal se produce en el entramado de las complejidades humanas y los significados religiosos, destacando la vinculación del estado clerical con la lógica sacrificial. [11]

Las crisis que vivió Lutero siendo fraile merecen ser vistas desde la integración de los procesos de maduración humana y de crecimiento espiritual del joven religioso. [12] Las lecturas de los escritos del propio Lutero y de sus estudiosos dejan la impresión de que estamos ante alguien que sufre mucho por sus escrúpulos de conciencia, agravados por la experiencia tormentosa de sus tentaciones, que generan un estado de melancolía. Esta situación se traduce en una angustia por la inseguridad de la propia salvación, que tiene su correlato en la imagen de un Dios implacable, terrible y tiránico, al que el fraile quisiera “satisfacer” a través de sus obras, plegarias y sacrificios. El problema radica en que Lutero hace todo esto sin confianza en la gracia de Cristo, como alguien que sigue el formalismo de los actos y espera un efecto casi mágico. Es probable que este cuadro se complicara con la disciplina del convento agustiniano (aunque es un punto discutido). Resulta válido detectar problemas psicológicos en Lutero, sin pretender de ningún modo desvirtuar su búsqueda sincera de Dios; después de todo, por el mismo camino se podría desacreditar incluso a algunos santos, a partir –por ejemplo– de la “anorexia” de santa Catalina de Siena o la “depresión” de san Juan de la Cruz. [13]

En cualquier caso, la crisis se agravará al punto que Lutero empieza a cuestionar su experiencia religiosa, especialmente a partir de su regreso al convento de Wittenberg para seguir su doctorado y enseñar la teología. Al respecto, es clave su distanciamiento de los frailes de Erfurt, que representan la presunción de la estricta observancia monacal que Lutero comienza a rechazar. Al mismo tiempo, vivirá una progresiva conversión al ritmo de sus estudios y clases sobre los Salmos y san Pablo, hasta convencerse de que el ser humano es justificado por la fe en Cristo, sin las obras.

Es interesante cómo Lutero relee su propia lucha interior al trasluz de los textos de san Pablo, a partir de una oposición entre la vida bajo la ley y la vida bajo la gracia. [14] No puedo entrar en detalles sobre la doctrina de la justificación por la fe; [15] sin embargo, considero que la crítica a las indulgencias es una clara expresión del giro en la teología luterana. Las indulgencias habían perdido su sentido original: [16] “Lutero realizó una dura crítica contra el comercio de las indulgencias, pues él lo consideraba un grave abuso por parte de la Iglesia del temor escatológico”. [17] En realidad, las indulgencias representaban para el reformador alemán la prueba evidente de que la Iglesia había olvidado la gracia, la salvación gratuita que recibimos por la misericordia de Dios.

3.         La vida bajo la gracia

No es sencillo hacer la valoración de la relevancia de Lutero en la reforma de la Iglesia; de hecho, se sabe que en algunos puntos no fue tan original como se suele creer. En cualquier caso, aquí me interesa subrayar que la matriz religiosa de Lutero reside en el cruce de sus dramas personales con sus intuiciones teológicas, que se potenciará con un liderazgo que empujará la gesta reformadora, incluso más allá de lo que inicialmente hubiera deseado el fraile alemán. Cedo la palabra al historiador que determinó el giro en la visión católica sobre Lutero:

“Antes queremos dejar sentado una vez más y con toda claridad: no es el logro de una nueva doctrina lo que da a la evolución de Lutero significación histórica. Se la debe más bien a haber soportado una lucha interior aniquiladora. Lutero podría haber llegado en todo caso por cualquier camino a conocimientos teológicos parecidos a los que llamamos reformistas; algunos teólogos anteriores habían llegado a resultados semejantes. Sin aquella lucha interior y la fuerza en ella desatada, Lutero no se habría convertido en reformador. Sólo la enigmática unidad de la personalidad reformadora y de sus conocimientos teológicos hizo posible su influencia universal.” [18]

La pregunta que surge es si la experiencia luterana puede resonar en los católicos que habitamos el siglo XXI. Se entiende que muchas personas al acabar la Edad Media se sintieran identificadas con el grito de Lutero al compartir su terror religioso. Lo cierto es que también en nuestros tiempos podemos hallar personas que sintonicen nítidamente con el reformador alemán, porque han configurado su relación con Dios a partir de una rigurosa psicología religiosa, a tal punto que la respuesta de Lutero les suena liberadora. En un sentido más amplio, me parece que el efecto universal del caso Lutero consiste en la búsqueda del Dios misericordioso como el motor de su vida y en la advertencia sobre el peligro de que el sistema religioso desvirtúe la gracia de Dios.

Benedicto XVI decía, hace algunos años, que la pasión profunda y el centro vital del fraile Lutero era la cuestión de Dios: ¿Cómo puedo tener a un Dios misericordioso? “Esta pregunta le penetraba el corazón y estaba detrás de toda su investigación teológica y de toda su lucha interior. Para Lutero, la teología no era una cuestión académica, sino una lucha interior consigo mismo, y luego esto se convertía en una lucha sobre Dios y con Dios”. [19] En efecto, cuanto más conozco la historia de las mujeres y los hombres de la fe cristiana, más me impresiona cómo la búsqueda y el encuentro con Dios es también la búsqueda y el encuentro consigo mismo. La cuestión es no solo ¿Quién eres Tú? sino también ¿Quién soy yo? Ya lo dijo maravillosamente el Vaticano II, “el misterio del ser humano solo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado” (Gaudium et spes, n. 22). Siento que esta experiencia marca la diferencia entre la teología meramente académica y la teología como acto de pensar el misterio de Dios en la vida.

El pastor Dietrich Bonhoeffer tradujo el peligro que Lutero advirtió, [20] avanzando a través de una suerte de dialéctica entre gracia cara y gracia barata. La gracia barata es el enemigo mortal de la Iglesia: es la gracia tratada como mercancía que se vende a bajo precio, el perdón malbaratado, el consuelo malbaratado, el sacramento malbaratado. La gracia barata es la gracia como doctrina, como principio, como sistema. La gracia barata es la negación de la encarnación del Verbo de Dios: la gracia sin seguimiento de Jesús, la gracia sin la cruz. En cambio, la gracia cara es la llamada de Jesús que provoca que el discípulo deje sus redes para seguirlo. Es cara porque le cuesta la vida al ser humano, es gracia porque le regala la vida. Bonhoeffer advirtió que la Iglesia perdió la gracia cara, pero conservó algo de ella en la vida monástica, donde se convirtió en el mérito de unos pocos. Cuando Lutero abandonó el convento mostró que el seguimiento de Jesús no es la proeza aislada de unos pocos, sino un precepto divino dirigido a todos los cristianos; cuando ingresó al convento había dejado todo menos su “yo” piadoso, ahora que vuelve al mundo no se guía por su propio mérito sino por la gracia de Dios: “Dichosos aquellos para los que seguir a Jesucristo no es más que vivir de la gracia”. [21]

Soy consciente de que la figura histórica de Lutero es fascinante y polémica (por ejemplo, es imposible digerir su justificación de la violencia contra los campesinos de la época o su propuesta de reprimir a los judíos, destruir sus bienes y silenciar su palabra). Después de 500 años de la publicación de las 95 tesis contras las indulgencias debemos ponderar con espíritu ecuménico su aporte original a la reforma de la Iglesia. Me parece que el reconocimiento de la aspiración auténticamente religiosa de Martín Lutero puede iluminar nuestras propias búsquedas espirituales, al punto de experimentar la fuerza de la gracia liberadora y sanadora en nuestras vidas, que hace posible decir con san Pablo: “Por la gracia de Dios soy lo que soy” (1 Co 15, 10).




[1] Cf. David Tracy, Pluralidad y ambigüedad. Hermenéutica, religión, esperanza, Madrid, Trotta, 1997, pp. 27-34. “Los clásicos, ya sean símbolos, acontecimientos, personas o rituales, exigen atención. Como la teoría de la recepción ha puesto de manifiesto, esa atención puede ir desde una radical identificación con la verdad postulada por los clásicos a alguna vacilante o indecisa resonancia con su alteridad. Los clásicos llegan reclamando poderosamente que se les preste atención, pero ésta es, después de todo, una demanda a nuestra atención y un desafío a nuestras expectativas habituales” (p. 32).
[2] Pelagio y Juan (recensión), Las sentencias de los padres del desierto, 2ª ed., Bilbao, DDB, 1989, II, 9.
[3] Edilio Mosteo, Materiales para una Lectio Divina, Madrid, PPC, 2016, p. 43.
[4] Las referencias a los hechos y las palabras de Lutero –salvo indicación distinta– están tomadas de Ricardo García-Villoslada, Martín Lutero. I. El fraile hambriento de Dios, Madrid, BAC, 1973.
[5] En el caso de Lutero contamos con referencias autobiográficas: la ventaja obvia es que se tiene la versión del propio personaje, la desventaja es que la información no siempre resulta confiable al ser confrontada con los datos de otras fuentes de la época.
[6] Las citas que siguen están tomadas de Karl-Heinz Menke, Teología de la gracia. El criterio del ser cristiano, Salamanca, Sígueme, 2006, pp. 140-142.
[7] García-Villoslada, Martín Lutero, p. 193.
[8] Martín Lutero, “Prólogo a la edición de sus Obras completas en latín (1545)”, en Obras, Edición preparada por Teófanes Egido, 4ª ed., Salamanca, Sígueme, 2006, pp. 370s.
[9] Cf. Enrique Denifle, Lutero y el luteranismo. Estudiados en las fuentes, t. I, Manila, Tipografía Pontificia del Colegio de Santo Tomás, 1920 (traducción de Manuel Fernández Álvarez): “Y toda vez que Lutero… era por su natural uno de los hombres más soberbios y presuntuosos de su tiempo, sería un milagro que en sí mismo no hubiese manifestado en el período de su vida católica la opinión exajerada (sic) de su propia persona” (p. 223).
[10] Cf. Hartmann Grisar, Martín Lutero. Su vida y su obra, Madrid, Librería General de Victoriano Suárez, 1934 (traducción de Víctor Espinós). Haciendo referencia a las Resoluciones del reformador, escribe el autor: “Este es, evidentemente, el lenguaje de un enfermo. Lutero, en realidad, describe aquí los horrores experimentados por él en su neurosis traumática, tales como se presentan en las personas nerviosas a consecuencia de una conmoción” (p. 182). Este libro es posterior a la obra Luther que fue publicada en tres tomos –de 2,650 páginas– y que convirtió a Grisar en el estudioso de Lutero más sistemático, completo y exhaustivo.
[11] Cf. Eugen Drewermann, Clérigos. Psicograma de un ideal, Madrid, Trotta, 1995, pp. 268s. Un estudio psicoanalítico sobre la problemática de la psicología del estado clerical que provocó un debate intenso. Cf. José Ignacio González Faus, Carlos Domínguez Morano y Andrés Torres Queiruga, “Clérigos” en debate, Madrid, PPC, 1996.
[12] Al respecto, destaco mi deuda con las obras de dos autores a los que sigo desde hace tiempo; por ejemplo, cf. Javier Garrido, Proceso humano y Gracia de Dios. Apuntes de espiritualidad cristiana, Santander, Sal Terrae, 1996. Amedeo Cencini, Los sentimientos del Hijo. Itinerario formativo en la vida consagrada, 5ª ed., Salamanca, Sígueme, 2016.
[13] Cf. Rudolph M. Bell, Holy anorexia, Chicago, University of Chicago Press, 1985. Javier Álvarez, Mística y depresión: san Juan de la Cruz, Madrid, Trotta, 1997.
[14] Un sugerente libro responsabiliza precisamente a Agustín y a Lutero de la imagen deformada que se tendría de san Pablo en el cristianismo. Cf. Pamela Eisenbaum, Pablo no fue cristiano. El mensaje original de un apóstol mal entendido, Estella, Verbo Divino, 2014.
[15] Cf. José Ma. Hernández Martínez, “La justificación por la fe”, en Sal Terrae 105 (2017), pp. 21-34.
[16] El perdón de la culpa por los pecados se concedía siempre en el sacramento de la penitencia, pero la remisión de la pena temporal se realizaba por una satisfacción impuesta por el confesor, las penitencias o las indulgencias; con el tiempo, estas indulgencias se aplicaron también a los difuntos. El problema surgió cuando la Iglesia utilizó las indulgencias para recaudar fondos para financiar las construcciones, las guerras y los placeres de la curia romana.
[17] Lidija Matošević, “ ‘La Iglesia entera está llena del perdón de los pecados’ El discurso de la Reforma sobre las indulgencias y el tesoro de gracia de la Iglesia, que se distribuye entre los necesitados y los sobrecargos de deudas”, en Concilium 370 (2017), p. 214.
[18] Joseph Lortz, Historia de la Reforma, t. I, Madrid, Taurus, 1963, pp. 189s. (el original alemán es del año 1939).
[19] Benedicto XVI, Discurso en el Encuentro con los representantes del Consejo de la “Iglesia Evangélica en Alemania”, Antiguo convento agustino de Erfurt (23 septiembre 2011).
[20] Pastor luterano ejecutado a los 39 años de edad en el campo de concentración de Flossenbürg, por su participación en el movimiento de resistencia al nazismo. Cf. Dietrich Bonhoeffer, El precio de la gracia. El seguimiento, 6ª ed., Salamanca, Sígueme, 2004, pp. 15-26.
[21] Bonhoeffer, El precio de la gracia, p. 26.