lunes, 6 de abril de 2015

Evangelio, profecía y esperanza

Evangelio, profecía y esperanza


Raúl Pariamachi ss.cc.

El pasado 30 de noviembre se ha iniciado el Año de la Vida Consagrada, que se clausurará el próximo 2 de febrero. Se trata sin duda de una excelente oportunidad para preguntarnos acerca del momento de la vida consagrada en la Iglesia y en el mundo. En esta charla voy a reflexionar a partir de las tres palabras que encabezan esta celebración: Evangelio, profecía y esperanza.


1.         Evangelio: seguimiento de Cristo

Hace cincuenta años el Vaticano II planteó la renovación de la vida consagrada [1]. Los padres conciliares acuñaron una frase que prendió: el reditum ad fontes (el retorno a las fuentes). Señalaron que la renovación de la vida religiosa comprendía el retorno a las fuentes de toda vida cristiana y a la inspiración originaria de los institutos, además de la adaptación de estos a las nuevas condiciones de los tiempos [2]. Como primer principio se sostuvo que tal como lo propone el Evangelio, todos los institutos debían de tener como su regla suprema el seguimiento de Cristo (la sequela Christi). Como segundo principio se afirmó que en los institutos religiosos se tenían que conocer y conservar con fidelidad el espíritu y los propósitos de los fundadores (cf. PC 2).

Está claro que el retorno a las fuentes del Concilio es un regreso a las intuiciones de los fundadores y fundadoras, como se ha entendido bien en estos últimos años; pero sobre todo es un volver por la ruta del Evangelio al seguimiento de Cristo. En principio no hay contradicción entre una cosa y la otra, porque sabemos que aquello que movió a nuestros fundadores y fundadoras fueron la inspiración y el propósito de seguir a Cristo de modo radical en las circunstancias de su tiempo. Qué otra cosa si no hicieron Benito, Francisco, Domingo, Ignacio o Teresa, solo por citar unos pocos.

De manera que no es casual que la primera palabra que presida el año dedicado a la vida consagrada sea precisamente “Evangelio”. En efecto, un primer fruto de este año tendría que ser el sabernos llamados y llamadas a recuperar la frescura y la novedad del Evangelio, dilatando el deseo de vivir el Evangelio sin glosa (el sine glosa) [3], como diría Francisco de Asís y ha repetido Francisco de Roma.

En la Exhortación apostólica Evangelii gaudium sobre el anuncio del Evangelio en el mundo actual (en adelante EG), el papa Francisco escribe sobre la transformación misionera de la Iglesia, valiéndose de la imagen de una Iglesia en salida misionera hacia las periferias humanas. Cabe destacar que el Papa diga que la conversión pastoral tiene que hacerse “desde el corazón del Evangelio”, desde aquel núcleo esencial que le otorga sentido, hermosura y atractivo (cf. EG 34). Este principio programático atraviesa toda la Exhortación, trasluce un contundente retorno a las fuentes.

Vale fijarse cómo Francisco aplica su principio del centro del Evangelio al tratar de la misión que se encarna en los límites humanos (cf. EG 40-45). Por ejemplo, el Papa dice que la Iglesia puede llegar a reconocer costumbres propias no ligadas directamente al núcleo del Evangelio, algunas están arraigadas a lo largo de la historia pero ahora no son interpretadas de la misma manera y su mensaje no suele ser percibido correctamente (cf. EG 43); de modo semejante, admite que existen normas eclesiales que pueden haber sido eficaces en su época pero que no tienen la misma fuerza educativa como cauces de vida [4]. Por otra parte, el Papa exhorta a que sin desmerecer el valor del ideal evangélico, se acompañe con misericordia y paciencia las etapas de crecimiento de las personas que se van construyendo día a día: “un pequeño paso, en medio de grandes límites humanos, puede ser más agradable a Dios que la vida exteriormente correcta de quien transcurre sus días sin enfrentar importantes dificultades” (EG 44).

Me he extendido un poco porque quería mostrar al menos estas implicancias de la vuelta al Evangelio en el caso de la renovación de la Iglesia, que evidentemente tiene consecuencias para nosotros como consagrados y consagradas.

La vida consagrada está invitada a sumergirse en esta corriente transformadora de la Iglesia en salida hacia las periferias del mundo, confrontándose con el Evangelio. Vendría bien preguntarse durante el año hasta qué punto las estructuras, las costumbres y los reglamentos de nuestros institutos se rigen por la regla suprema del seguimiento de Cristo o hasta qué punto el sentido y la fuerza de la buena noticia del reinado de Dios se convierten en criterios de la praxis de los consejos de castidad, pobreza y obediencia en una integración fecunda entre vida comunitaria y servicio apostólico.

2.         Profecía: vigilancia y mediación

La segunda palabra es “profecía”. La profecía es una realidad que ha marcado la historia de la vida consagrada en la Iglesia latinoamericana y caribeña. No es casual que en el diálogo con los superiores generales, el papa Francisco reiterara que “los religiosos siguen al Señor de manera especial, de modo profético... deben ser hombres y mujeres capaces de despertar al mundo” [5].

Viene al caso recordar que en la tradición patrística el profeta Elías es el modelo bíblico de referencia para la escuela monástica. Elías era visto como el profeta audaz y el amigo de Dios, “vivía en su presencia y contemplaba en silencio su paso, intercedía por el pueblo y proclamaba con valentía su voluntad, defendía los derechos de Dios y se erguía en defensa de los pobres contra los poderosos del mundo” [6].

La profecía de la vida consagrada necesita ser recreada en los nuevos contextos de la Iglesia y del mundo. Al respecto, recomiendo la lectura de la carta Escrutad de la CIVCSVA [7], de la que quisiera destacar algunas sugerentes notas sobre esta realidad: la profecía de la vida conforme al Evangelio, la profecía de la vigilancia y la profecía de la mediación (de la primera he hablado al referirme al Evangelio).

            La profecía de la vigilancia

En nuestros tiempos la vida consagrada está urgida a explorar nuevos horizontes y habitar nuevas tierras en atenta vigilancia. Siguen resonando entre nosotros y nosotras las recordadas palabras del Concilio sobre el deber permanente de la Iglesia de “escrutar a fondo los signos de los tiempos e interpretarlos a la luz de Evangelio” [8]. De modo que la vida consagrada tiene que ponerse en estado de discernimiento de los nuevos signos.  El problema es que la acedia [9] se ha apoderado de no pocos consagrados y consagradas, desganando el espíritu, ofuscando la visión, agotando las decisiones y entorpeciendo los pasos. En el fondo, está en juego la identidad vital de los consagrados y las consagradas, que no estamos ajenos al desasosiego que padece el mundo.

La profecía de la atenta vigilancia se vive con los otros. La mística del encuentro –de la que habla el papa Francisco– supone la capacidad de buscar juntos el camino, con humildad y paciencia. El discernimiento con los otros es un elemento esencial de la vida en común; sin embargo, tenemos que confesar que hemos descuidado esta práctica, con nefastas consecuencias para el seguimiento de Cristo. Nunca me canso de repetir que la mediación comunitaria es el mejor antídoto contra el individualismo, sobre todo contra el clericalismo que amenaza especialmente a la vida consagrada clerical.

El discernimiento de los nuevos signos de los tiempos a la luz del Evangelio no es un ejercicio meramente intelectual, sino que moviliza las decisiones y las acciones de la vida consagrada, teniendo como motivo la preocupación por la vida del ser humano, con aquel sentimiento de simpatía del que hablaba Pablo VI en la clausura del Concilio hace cincuenta años. Es necesario releer la historia de nuestros fundadores y fundadoras, sus relatos evangélicos que son como parábolas vivas que nos despiertan y estimulan a seguir a Cristo en la búsqueda apasionada de un mundo mejor.

            La profecía de la mediación

La vida consagrada ha sido llamada a plantar sus tiendas en las encrucijadas de los senderos inexplorados, sin olvidarnos que una profecía así solo se realiza valorando los signos pequeños y la vigilancia orante.

En efecto, seguramente ahora más que nunca tenemos que abrazar el misterio de la semilla pequeña del reinado de Dios. En nuestras sociedades distinguidas por el éxito, la ostentación y la eficiencia, la vida consagrada debe estar signada por la minoridad de la vida evangélica. Me parece que la frustración de algunos consagrados y consagradas tiene su origen en el deseo afanoso del éxito con criterios ajenos al Evangelio, buscando la mayor cantidad de satisfacción en el menor tiempo y con el menor esfuerzo. No digo que nos contentemos con poco sino que busquemos lo mucho aprendiendo de la alegría de los humildes de corazón, revalorando la cercanía, la escucha y la entrega de cada día, porque es en la kénosis que vivimos la configuración con Cristo.

La profecía de la vida conforme al Evangelio, la vigilancia y la mediación no es viable sin la actitud orante [10]. La profecía lleva consigo una mística de los ojos abiertos. La fidelidad al Evangelio no puede consistir en un acto voluntarista basado en nuestras fuerzas, sino que tiene que sostenerse en la oración confiada, que nos libra de los males del autoengaño tantas veces camuflado en actos de aparente generosidad cristiana. En la carta de la CIVCSVA se lee: “la capacidad de sentarse en coro hace a los consagrados y las consagradas no profetas solitarios, sino hombres y mujeres de comunión, de escucha común de la Palabra, capaces de elaborar juntos significados y signos nuevos, pensados y construidos incluso en el momento de las persecuciones y del martirio” [11].

3.         Esperanza: un signo escatológico

La tercera palabra que preside la celebración del Año de la Vida Consagrada es “esperanza”. Será oportuno recordar que la vida consagrada ha sido vista siempre como un signo escatológico, en el sentido de que anticipa el mundo futuro que viene de Dios. La “entrega sin reservas” expresada en los consejos de castidad, pobreza y obediencia es un testimonio de la esperanza activa con los ojos puestos en Jesús. Se trata entonces de una espera comprometida para que el reinado de Dios se haga presente aquí y ahora, en la búsqueda de la justicia para todas las personas y todos los pueblos.

La historia de la vida consagrada es una señal de la esperanza en Dios que abre un mundo nuevo. Resulta ilustrativo traer a la memoria el caso de san Benito en el s. VI, quien se sobrepuso a los terribles males de su época. No se fugó del mundo –como suele decirse–, sino que imaginó un mundo alternativo dentro de este mundo, donde se hiciera visible la posibilidad de vivir los valores del Evangelio, en la oración y el trabajo. Sobre las cenizas del Imperio romano, Benito sembró la semilla de una nueva civilización, de modo que sus monasterios se transformaron en centros de religión, humanidad y cultura para la nueva Europa. El filósofo MacIntyre dijo que durante la decadencia del Imperio hubo hombres y mujeres que buscaron la construcción de nuevas formas de comunidad donde se pudiera continuar la vida y donde la civilidad lograra sobrevivir a la barbarie. Es significativo que el filósofo cierre su célebre libro de la ética contemporánea, con una frase que es la antítesis de la desesperanza del mundo actual sacudido por la catástrofe: “no estamos esperando a Godot, sino a otro, sin duda muy diferente, a san Benito” [12]. De hecho, es edificante releer la historia de hombres y mujeres que siguieron a Jesús dando testimonio de que es posible esperar en Dios a pesar de todo.

Vivimos una época que en cierto sentido es hija de la decepción de las promesas no cumplidas de emancipación, progreso y bienestar sin medida. No faltan motivos para perder la esperanza ante el crecimiento del mal en el mundo. La vida consagrada tendría que ofrecer el testimonio sencillo de la esperanza fiable que permite afrontar el presente. Qué bien dijo Péguy que mientras la fe es una esposa fiel y la caridad una madre cálida, la esperanza es una niña pequeña, que se duerme todas las noches después de rezar sus oraciones y se despierta todas las mañanas con una mirada nueva.

Estamos celebrando el quinto centenario del nacimiento de santa Teresa de Jesús (1515-1582); quisiera terminar esta charla con las palabras que escribió hacia el final de sus Moradas del castillo interior:

“En fin, hermanas mías, con lo que concluyo es que no hagamos torres sin fundamento, que el Señor no mira tanto la grandeza de las obras como el amor con que se hacen (…) ofrezcamos al Señor el sacrificio que pudiéremos, que Su Majestad le juntará con el que hizo en la cruz por nosotras al Padre, para que tenga el valor que nuestra voluntad hubiere merecido, aunque sean pequeñas las obras” (7M 4, 15).

Quizás el mejor fruto que podría dejarnos este Año de la Vida Consagrada es la convicción de que Dios será el fundamento de nuestras obras si hacemos todo con amor, sean trabajos grandes o pequeños y seamos nosotros muchos o pocos.




[1] Aunque el Concilio habla de “vida religiosa”, entendemos que se refiere a lo que actualmente se llama “vida consagrada”, comprendiendo no solo la vida religiosa en su sentido estricto, sino también otras formas estables de vida consagrada en la Iglesia.
[2] Concilio ecuménico Vaticano II, Decreto Perfectae caritatis sobre la adecuada renovación de la vida religiosa, n. 2 (en adelante PC).
[3] Francisco exhortaba a sus hermanos a “¡vivir según la forma del santo Evangelio!” (Test. 14); advirtiendo que estas palabras se debían entender “sin glosa” (Test. 39).
[4] En seguida explica que santo Tomás de Aquino destacaba que los preceptos dados por Cristo y por los apóstoles al pueblo de Dios son poquísimos y advertía que los preceptos añadidos por la Iglesia deben exigirse con moderación para no hacer pesada la vida a los fieles, convirtiendo la religión en una esclavitud, cuando la misericordia de Dios quiso que fuera libre: este debería ser un criterio a la hora de pensar la reforma de la Iglesia –dice el Papa– (cf. EG 43).
[5] Antonio Spadaro, ¡Despierten al mundo! Diálogo del Papa Francisco sobre la vida religiosa, p. 3 (2014).
[6] Cf. Juan Pablo II, Exhortación apostólica postsinodal Vita consecrata sobre la vida consagrada y su misión en la Iglesia y en el mundo, n. 84. El Papa considera que en la historia de la Iglesia no han faltado hombres y mujeres consagrados a Dios que han ejercido un ministerio profético, hablando a todos en nombre de Dios, incluso a los pastores de la Iglesia.
[7] Cf. Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica, Escrutad. A los consagrados y consagradas en camino por los signos de Dios (2014).
[8] Concilio ecuménico Vaticano II, Constitución pastoral Gaudium et spes sobre la Iglesia en el mundo actual, n. 4.
[9] En la tradición oriental la acedia se corresponde con un cierto estado de pereza y aburrimiento, pero también de disgusto, aversión, lasitud, abatimiento, desánimo, languidez, sopor, indolencia, adormecimiento, somnolencia, pesadez, tanto del cuerpo como del alma, a tal punto que podría empujar al hombre a dormirse sin estar realmente cansado (cf. Jean Claude Larchet, Terapéutica de las enfermedades espirituales, Salamanca, Sígueme, 2014, pp. 187ss.).
[10] En realidad en la Carta se habla de la statio orante, evocando la acción por la que los monjes disponen el corazón para escuchar a Dios.
[11] Escrutad, n. 17.
[12] Alasdair MacIntyre, Tras la virtud, 2ª ed., Barcelona, Crítica, 2004, p. 343.

martes, 17 de marzo de 2015

Teresa y Romero


Teresa y Romero

Raúl Pariamachi ss.cc.



Estamos conmemorando el quinto centenario del nacimiento de santa Teresa de Ávila (España, 1515-1582); al mismo tiempo, celebramos la beatificación de monseñor Óscar Romero (El Salvador, 1917-1980). Como en tantos otros casos, mi vida cristiana se ha nutrido de Teresa y Romero. Con toda modestia comparto estas reflexiones sobre ¿qué tienen que decirnos una monja y un obispo puestos en diálogo?

El filósofo Richard Rorty solía decir que desde niño quiso reconciliar lo privado y lo público: su atracción por las orquídeas de las montañas de New Jersey y el impacto que le produjo la figura de León Trotsky como luchador social; de modo que buscaba el camino para ser al mismo tiempo “un intelectual esnob y un amigo de la humanidad, un ermitaño solitario y un luchador por la justicia” (Rorty 1998, 32). Siendo estudiante en Chicago comprendió que no era posible lograr una síntesis teórica entre sus orquídeas y Trotsky. Con los años admitiría que la coincidencia de lo privado y lo público era viable en algunos cristianos para los que el amor a Dios y el amor al prójimo son inseparables (en su caso hubiera sido el autoengaño de un ateo).

Sintonizando en cierto sentido con Rorty, podríamos decir que Teresa y Romero representan una síntesis vital entre mística y profecía en la Iglesia. La monja y el obispo provienen de laderas distintas, pero por cualquiera de ellas se baja al corazón del valle. En ambos casos sabemos que para aprender de su santidad no debemos prescindir de la experiencia configuradora de cada uno, sea la mística o la profecía.

1.         La mística y la profecía

Qué duda cabe de que santa Teresa de Jesús es una maestra extraordinaria de la Iglesia, no solo por la hondura de su sabiduría mística y talante humanista, sino también por su aporte a la transformación de la Iglesia y la sociedad de su época, que ha dejado una estela en el tiempo. Tal vez lo primero que subyuga es su camino de unión con Dios a través de la oración, que se despliega como un itinerario para el hombre o la mujer que decide seguir a Jesús. Quién no se siente identificado cuando dice que oración mental es “tratar de amistad, estando muchas veces tratando a solas con quien sabemos nos ama” (V 8, 5). Cómo no encandilarse con su metáfora del castillo interior, al que se entra por la puerta de la oración.

“Pues consideremos que este castillo tiene –como he dicho– muchas moradas, unas en lo alto, otras embajo, otras a los lados; y en el centro y mitad de todas éstas tiene la más principal, que es adonde pasan las cosas de mucho secreto entre Dios y el alma” (1M 1, 3).

Siempre he mirado a santa Teresa como a una mujer convertida al amor de Dios desde sus entrañas. Me gusta cuando una teleserie la muestra confesando que al entrar al convento hizo un “matrimonio de conveniencia”, porque no se veía atada a un hombre. Algunos años después entregará su corazón a Jesús para siempre. En adelante abrazará una vida de monja, con largas horas de silencio, oración y trabajo. Dejará de lamentarse por no poder ir de misión a las Indias y se transformará en una infatigable fundadora de conventos. Su testimonio ilumina ahora el camino de la Iglesia.

Cuatro siglos después, con monseñor Óscar Romero Dios pasó por El Salvador. Quien se aproxime a la vida de Óscar Romero se sentirá conmovido por el modo en que el obispo se transformó en un profeta de Dios, siempre hasta las últimas consecuencias. La conversión a los pobres de su pueblo trajo consigo cambios espirituales, eclesiales y políticos en Romero: “me duele mucho el alma de saber cómo se tortura a nuestra gente, de saber cómo se atropellan los derechos de la imagen de Dios” (Romero 2002, 31). Sus sentidas homilías están atravesadas por una opción teocéntrica que sustenta su servicio, al comprobar día a día que desde el gobierno se amenazaba, perseguía y asesinaba a los más indefensos de su país.

“La Iglesia, encargada de la gloria de la tierra, siente que en cada hombre hay una imagen de su Creador, y que todo aquel que la atropella ofende a Dios. Y tiene que clamar: Iglesia santa defensora de los derechos y las imágenes de Dios… El que tortura a un hombre, el que ha ofendido a un hombre, atropellado a un hombre, ha ofendido la imagen de Dios, y la Iglesia siente que es suya esa cruz, ese martirio” (Romero 2002, 42).

Me impresiona mucho cómo la solidaridad con las víctimas supuso para Romero un giro radical en su camino de seguimiento de Jesús, su forma de organizar el servicio de la Iglesia en el contexto de la violencia política y su manera de situarse como obispo en el centro de los conflictos sociales de El Salvador. Romero sabía que estaba llamado a ser “la voz de los sin voz” arriesgando la propia vida. Levantó su voz profética contra la violencia que se apoderaba del país, hasta que un disparo acabó con su vida mientras celebraba la eucaristía en la tarde del 24 de marzo de 1980.

2.         La oración y la acción

Conforme se avanza en la biografía y los escritos de Teresa vamos descubriendo la raigambre de su itinerario, al punto que la raíz cristológica se desvela como la médula del camino hacia Dios por el amor. Nunca renuncia a representarse a Jesús delante de sí, ni siquiera cuando ha alcanzado los estados místicos más altos; aconseja a sus hijas del Carmelo que se enamoren mucho de la humanidad de Cristo.

“Puede representarse delante de Cristo y acostumbrarse a enamorarse mucho de su sagrada Humanidad y traerle siempre consigo y hablar con Él, pedirle para sus necesidades y quejársele de sus trabajos, alegrarse con Él en sus contentos y no olvidarle por ellos, sin procurar oraciones compuestas, sino palabras conforme a sus deseos y necesidad” (V 12, 2).

Su sutileza psicológica hace a Teresa consciente de los desafíos del monasterio. Las advertencias a las monjas son agudas: a las que cuidan mucho su salud, que parece que han venido al monasterio para no morirse nunca; a las que se ocupan demasiado en su cuerpo, que cuanto más se engríe al cuerpo más gustos quiere; a las que se preocupan excesivamente de sí mismas, que lo menos que pueden hacer es ofrecer su vida a Dios. En fin, a las monjas que exigen buenos argumentos para aceptar la cruz les dice que no los tendrán ni dentro ni fuera del monasterio: “La que no quisiere llevar cruz sino la que le dieren muy puesta en razón, no sé para qué está en el monasterio; tórnese al mundo, adonde aun no le aguardarán esas razones” (C 13, 1).

En el caso de santa Teresa de Jesús casi espontáneamente recorremos el camino de la oración a la acción. En principio es oportuno aludir al conocido axioma teresiano, en el que indica a sus hermanas que para aprovechar mucho en este camino y subir a las moradas que deseamos “no está la cosa en pensar mucho, sino en amar mucho; y así lo que más os despertare a amar, eso haced” (4M 1, 7). Teresa quiere evitar que las monjas queden engañadas en la autocomplacencia de una pseudo-mística y que más bien sepan que en la oración o en el trabajo están atendiendo a Jesús.

“Pues si contemplar y tener oración mental y vocal y curar enfermos y servir en las cosas de la casa y trabajar –sea en lo más bajo–, todo es servir al Huésped que se viene con nosotras a estar y a comer y recrear, ¿qué más se nos da en lo uno que en lo otro?” (C 17, 6).

Teresa recuerda que la perfección radica en el amor a Dios y el amor al prójimo; sin embargo, aclara que la señal más cierta que existe de que guardamos estas dos cosas es practicando bien el amor al prójimo, “porque si amamos a Dios no se puede saber… mas el amor del prójimo sí” (5M 3, 8). Enseguida explica que no llegaremos a vivir con perfección el amor al prójimo, “si no es naciendo de raíz del amor de Dios” (5M 3, 9). Estamos ante una sugerente relación entre ambos amores: el amor a Dios se hace visible en el amor al prójimo y este hunde sus raíces en aquel.

En el último capítulo de Meditaciones sobre los Cantares, ubicamos un texto en el que Teresa está comentando los versos que la amada dirige a su amado: “sostenedme con flores y acompañadme de manzanas, porque desfallezco de mal de amores” (2, 5). ¿Qué flores son estas? La santa entiende que aquí se pide que hagamos grandes obras en servicio de Dios y del prójimo. Como escribe para mujeres contemplativas, comprende que es necesario aclarar que estas obras no significarán una pérdida para ellas, si es que están unidas a Dios y desasidas del propio interés.

“Cuando el alma está en este estado, nunca dejan de obrar casi juntas Marta y María; porque en lo activo y que parece exterior, obra lo interior, y cuando las obras activas salen de esta raíz, son admirables y olorosísimas flores; porque proceden de este árbol de amor de Dios y por sólo Él, sin ningún interés propio, y extiéndese el olor de estas flores para aprovechar a muchos, y es olor que dura, no pasa presto, sino que hace gran operación” (MC 7, 3).

Se comprenderá que Teresa insista en que lo interior y lo exterior –alegorizados en las figuras bíblicas de María y Marta– nunca estarán contrapuestos si van orientados por el amor de Dios; advierte a sus hijas que no sientan desconsuelo si la obediencia las trajere ocupadas en cosas exteriores: “entended que si es en la cocina, entre los pucheros anda el Señor ayudándoos en lo interior y exterior” (F 5, 8).

Por otra parte, el testimonio de Óscar Romero permite recorrer el camino desde el compromiso visible hacia las fuentes espirituales. Vemos a Romero levantarse como el defensor de los pobres; sin embargo, el significado de su opción por los pobres no se reduce a verlos como meros destinatarios de su misión, sino que entiende que ellos son un criterio de la cercanía a Dios y una garantía de la oración; más todavía, llega a decir que “los pobres han marcado el verdadero caminar de la Iglesia” (Romero 2002, 197). Cuando recibió el doctorado honoris causa en Lovaina señaló:

“De ese mundo de los pobres decimos que es la clave para comprender la fe cristiana, la actuación de la Iglesia y la dimensión política de esa fe y de esa actuación eclesial. Los pobres son los que nos dicen qué es el mundo y cuál es el servicio que la Iglesia debe prestar al mundo” (Romero 2002, 197).

En la medida en que Romero siente en carne propia los atropellos contra la gente de su país, se amplía su identificación con Cristo en los pequeños. Sabemos que sufrió mucho la persecución del gobierno y sus aliados, también la incomprensión de parte de la jerarquía eclesial y la izquierda armada. Las amenazas de muerte se hacían cada vez más seguidas y creíbles. El propio Romero cuenta que cuando un periodista le preguntó dónde hallaba la inspiración para su trabajo y predicación, le respondió que justamente venía de hacer sus ejercicios espirituales: “Si no fuera por esta oración y esta reflexión que trato de mantener –unido con Dios– no sería yo más que lo que dice San Pablo: una lata que suena” (Romero 2002, 205).

Los recursos espirituales de Romero vienen desde sus años de formación inicial, cuando meditaba en los maestros y las maestras de la vida espiritual, entre estas a santa Teresa de Jesús. En una de sus homilías se lee:

“Orar es platicar con Dios. Hay una comparación preciosa del Concilio Vaticano II que dice que Dios le ha dado al hombre el santuario íntimo de su conciencia, para que el hombre entre en esta celda privada y allí hable a solas con Dios para decidir su propio destino. Todos tenemos una Iglesia dentro de nosotros: nuestra propia conciencia” (Romero 2002, 82).

Romero vivió su solidaridad con las víctimas como hombre de Dios y de Iglesia. Provoca ternura descubrir en su biografía y sus escritos cómo este sacerdote piadoso se transforma en un profeta apasionado que lucha por el respeto a la vida de toda persona, por la paz, la libertad y la justicia en El Salvador. Emociona releer en su diario espiritual las palabras que escribió pocos días antes de morir asesinado. Romero teme por su vida, debido a las serias amenazas que recibía; no obstante, hace su oblación delante de Jesús, la Virgen y los santos, en un acto de confianza en Dios:

“Así consiento mi consagración al Corazón de Jesús, que fue siempre la inspiración y alegría cristiana de mi vida. Así también pongo bajo su providencia amorosa toda mi vida y acepto con fe en él mi muerte, por más difícil que sea. Ni quiero darle una intención como lo quisiera por la paz de mi país y por el florecimiento de nuestra Iglesia… porque el Corazón de Cristo sabrá darle el destino que quiera. Me basta estar feliz y confiado, saber con seguridad que en él está mi vida y mi muerte, que, a pesar de mis pecados, en él he puesto mi confianza y no quedaré confundido y otros proseguirán con más sabiduría y santidad los trabajos de la Iglesia y de la patria” (Morozzo 2003, 120s.).

El domingo previo a su muerte Romero suplicó, rogó, ordenó en nombre de Dios que cesara la represión contra su pueblo. Muchos sintieron que esta homilía provocaría su sentencia de muerte. Al día siguiente, en la misa celebrada por la madre de un amigo, dijo: “que este cuerpo inmolado y esta sangre sacrificada por los hombres nos alimenten también para dar nuestro cuerpo y nuestra sangre al sufrimiento y al dolor, como Cristo, no para sí sino para dar cosechas de justicia y de paz a nuestro pueblo…” (Grabación). Unos segundos después caía desplomado al costado del altar.

3.         La andariega y el luchador

Es evidente que Teresa y Romero representan modos distintos de seguir a Jesús. Teresa es una monja que ama el silencio y la oración, que no podría vivir si no estuviera a solas con su Señor y Amigo; es cierto que la veremos lanzada a la fundación de casas en toda España con una precaria salud, pero su propósito será siempre habilitar espacios donde sea posible una vida del Carmelo reformado para mujeres y hombres. Romero es un obispo volcado al pastoreo del pueblo que se le ha confiado; es un hombre espiritual, que encontrará el sentido de su ministerio en los pobres que son torturados y asesinados en su país. De esta manera, Teresa y Romero se convierten en estímulo permanente para quienes transitamos el siglo XXI entre lágrimas y cantares.

Escribía que para aprender mejor de la santidad de Teresa y Romero no debemos prescindir de sus experiencias configuradoras, que convencionalmente podemos llamar “mística” y “profecía”. En efecto, si bien todos los cristianos vivimos nuestra vocación en el seguimiento de Cristo, vamos descubriendo un eje articulador o un hilo conductor que ha configurado nuestra manera de seguir a Cristo. No se trata meramente de lo que una persona hace, sino de aquello que emerge como motivación constante de una vida, sean actividades de una monja andariega o un obispo luchador.

Teresa de Jesús muestra que el seguimiento de Cristo puede configurarse desde la experiencia mística refleja a través de los sucesivos grados de la oración; no obstante, advierte que el progreso en la oración va de la mano con el cambio de la persona que ha decidido caminar en sencillez y desapego. Rechaza que la vida en el monasterio termine en una vida muelle que se olvida que el amor a Dios se visibiliza en el amor al prójimo. No es casual que el papa Francisco diga que la vida espiritual se confunde con algunas experiencias que brindan cierto alivio pero que no alimentan el encuentro con los demás y el compromiso en el mundo (cf. Evangelii gaudium, n. 78). En esta época post-secular Teresa nos descubre el sentido de la mística de la fe cristiana.

Por su parte, Romero muestra cómo el seguimiento de Cristo puede configurarse también desde la experiencia profética con connotaciones eclesiales y políticas, a partir de la conversión evangélica a los pobres; sin embargo, enseña que el profetismo hunde sus raíces en la vida de oración, discernimiento y consagración a Dios, que ciertamente sostiene en las pruebas y libera de la vanagloria. Como afirma Francisco, “no sirven ni las propuestas místicas sin un fuerte compromiso social y misionero, ni los discursos y praxis sociales o pastorales sin una espiritualidad que transforme el corazón” (Evangelii gaudium, n. 262). Romero nos recuerda que siempre es posible amar hasta el extremo, cuando sabemos en quién hemos puesto la confianza definitiva.

En alguna ocasión dijo Rorty que se le había elogiado como original, cuando en realidad era un ecléctico que metía en un mismo saco a figuras aparentemente disímiles, buscando héroes nuevos sin dejar de mantenerse razonablemente fiel a los viejos (Rorty 2000, 22). En otra parte escribiría que “necesitamos imaginar a Aristóteles estudiando a Galileo o a Quine y cambiando de opinión, a Santo Tomás leyendo a Newton o a Hume y cambiando la suya” (Rorty 1990, 71). Me imagino que algo así sucede en la teología, cuando releemos a los clásicos y los modernos desde la época que nos ha tocado vivir. En nuestro caso, Teresa y Romero hacen parte de la nube de testigos que acompañan la peregrinación hacia la ciudad donde habita la justicia de Dios.

Siglas de las obras de santa Teresa

V         Libro de la Vida
C        Camino de perfección
M        Moradas
F         Fundaciones
MC      Meditaciones sobre los Cantares

Citas textuales de Óscar Romero

Romero, O. (2002). La violencia del amor. Santander: Sal Terrae. Editado por James R. Brockman.
Morozzo, R. (Ed.). (2003). Óscar Romero. Madrid: San Pablo.

Bibliografía

Rorty, R.
(1990). La filosofía en la historia. Barcelona: Paidós.
(1998). Pragmatismo y política. Barcelona: Paidós.
(2000). Verdad y progreso. Escritos filosóficos 3. Barcelona: Paidós.

domingo, 8 de febrero de 2015

Romero de América

Romero de América

¡Bienaventurado, buscador de justicia!

Raúl Pariamachi ss.cc.

“Una Iglesia acomodaticia,
una Iglesia que busca el prestigio sin el dolor de la cruz,
no es la Iglesia auténtica de Jesucristo.”
Mons. Oscar Romero (1978)

La tarde que asesinaron cruelmente al padre Rutilio Grande (junto a dos campesinos: un anciano y un niño), monseñor Oscar Romero hacía menos de un mes que había asumido el arzobispado de San Salvador. Frente a los cadáveres, monseñor Romero preguntó qué se debía hacer como Iglesia ante el asesinato de Rutilio. Esta noche marcó la vida de Romero para siempre, hasta el punto de llevarlo al martirio, porque –como escribe san Ignacio en la contemplación de los pecados delante del Crucificado– ante un cadáver la pregunta decisiva es: “¿Qué voy a hacer por Cristo?”.

Romero prometió que no participaría de los actos oficiales del gobierno mientras no se aclarasen los crímenes y cesase la represión. Lo que causó más conflicto fue su decisión de convocar a una misa única en la Catedral. En una reunión, Romero manifestó sus dudas: Si la eucaristía es un acto en que se da gloria a Dios, ¿no será para la mayor gloria de Dios la multiplicidad habitual de las misas dominicales? El padre Jerez recordó entonces que san Ireneo había dicho que “la gloria de Dios es la vida del hombre”. El asunto quedó zanjado. El propio Romero reformuló luego la sentencia de san Ireneo: “La gloria de Dios es la vida del pobre”. En Puebla le dijo a L. Boff: “En mi país se está asesinando horrorosamente. Es preciso defender el mínimo que es el máximo don de Dios: la vida”.

Se sabe que Romero era conocido por ser un sacerdote conservador –al parecer por eso se le había nombrado arzobispo de San Salvador–, por lo que este cambio radical que se produjo en su vida y su pastoral le acarreó graves conflictos con la Junta Salvadoreña y con parte de la Jerarquía de la Iglesia. El día que ingresó valientemente al pueblo de Aguilares, que había sido tomado por el ejército, Romero era un hombre nuevo. Cuenta J. Sobrino que nunca olvidará cómo comenzó Romero su homilía: “A mí me toca ir recogiendo atropellos, cadáveres y todo eso que va dejando la persecución de la Iglesia”.

Romero fue un defensor apasionado de la vida de los pobres durante los tres años de su labor episcopal. El gobierno, la oligarquía y el ejército se confabularon para desaparecer al profeta. Cansado de tanta violencia en contra del pueblo, en su última homilía dominical expresó: “Les suplico, les ruego, les ordeno en nombre de Dios: ¡Cese la represión!”. A las 6.25 de la tarde del lunes 24 de marzo de 1980, se oyó un disparo que acabó con su vida en la capilla del hospital de la Divina Providencia, mientras presentaba el cáliz en el ofertorio de la misa. Su entierro fue probablemente la mayor manifestación popular en la historia de El Salvador; de seguro la más cariñosa, la más sentida y la más dolorosa, porque aquel día perdieron la vida varias personas que habían ido a despedir a su pastor.

Al saberse amenazado de muerte, Romero había dicho: “Si me matan, resucitaré en el pueblo salvadoreño”. Lo que pasó es que monseñor Romero resucitó en todos los que 35 años después lo recordamos como a un mártir de la Iglesia latinoamericana. Nos alegra que la Iglesia universal en la persona del papa Francisco quiera reconocer a Romero como beato (bienaventurado), en un evento que se celebrará este 2015 en San Salvador. En sus versos a san Romero de América, Pedro Casaldáliga cantaba: “Nadie hará callar tu última homilía”, aquella homilía que monseñor Romero predicó con su sangre.