lunes, 27 de julio de 2015

Las identidades de los jóvenes en la vida consagrada

Las identidades de los jóvenes en la vida consagrada

Raúl Pariamachi ss.cc.

“Será en los últimos días, dice Dios,
derramaré mi espíritu sobre toda carne,
 y profetizarán sus hijos y sus hijas,
y los jóvenes tendrán visiones,
y los ancianos tendrán sueños…”
(Hechos 2, 17)

“¡Estos jóvenes no tienen identidad!”, se suele escuchar cuando algunos de ellos prefieren estar una hora en internet que en la capilla, cuando hablan de comunidad pero viven encerrados en sus cuartos, cuando están más interesados por un título profesional que por prepararse para la misión, cuando exigen más pobreza pero gastan en sus viajes de turismo o cuando pretenden hacer compatible el hacer sus votos con tener una pareja. Por supuesto, estas comprensibles reacciones podrían ser no solo injustas sino inútiles, si es que no tomamos en serio la realidad de los jóvenes. Al respecto, la pregunta clave es: ¿Cómo estas nuevas generaciones construyen sus identidades en la vida consagrada? Me propongo ofrecer algunos elementos que aporten al diálogo.

1.         Las nuevas generaciones

Considero que la noción que manejamos de generación incide en la apreciación que hacemos de las nuevas generaciones. En los años veinte –período de entreguerras– se hablaba de “relevo” generacional (generation relay), en los años sesenta –tiempos de protestas– de “brecha” generacional (generation gap) y en los años noventa –aparición de internet– de “vuelta” generacional (generation lap) [1]. Los adultos nos movemos entre las nociones de relevo y de brecha cuando valoramos a los jóvenes. Unas veces vemos a los jóvenes como piezas de recambio en la maquinaria institucional: “Cuándo acaban de estudiar para que nos reemplacen en la misión”. Si no se entusiasman con nuestras obras decimos que les falta identidad. El punto es que ellos cada vez están menos dispuestos a simplemente sustituir a sus mayores. Otras veces vemos a los jóvenes como agentes de cambio en la congregación (una generación en términos de brecha, conflicto o cambio). Se escuchan quejas: “Estos jóvenes rechazan lo viejo pero no proponen algo nuevo”. La cuestión es doble: por una parte, los adultos criticamos lo que hacen los jóvenes porque desearíamos un cambio a nuestra medida; por otra parte, los jóvenes están tentados por una eterna adolescencia que posterga la decisión de hacerse adultos. La nueva visión de generación en términos de “vuelta” indica que los jóvenes adeptos a la tecnología digital tienen más capacidad de adaptación que sus mayores (estos quieren aprender de ellos). Una ponderación de este fenómeno supone que los adultos miremos la tecnología digital no solo como la herramienta externa que facilita la información y la comunicación, sino como un espacio antropológico nuevo que cambia la manera de sentir, pensar y actuar, que tiene efectos en las relaciones humanas [2]. Volveré al asunto.

La clasificación de las generaciones es una tarea complicada, porque las medidas de los tiempos son cuantitativas y cualitativas. Philip Abrams decía que una generación en sentido sociológico es el período de tiempo durante el que una identidad se construye sobre la base de los significados que se encuentran socialmente disponibles; quiere decir que desde la mirada sociológica una generación puede durar varios siglos o diez años [3]. En cualquier caso, aplicaré la clasificación más utilizada (advirtiendo que los rangos son relativos porque dependen mucho de diferentes factores) [4].

Si partimos del supuesto de que en un período de cien años se detectan al menos cinco grupos generacionales, es posible distinguir por lo menos cuatro generaciones que actualmente coexisten en la vida consagrada: la generación tradicional, que comprende a las personas nacidas entre 1925 y 1945 y que tienen al momento entre 70 y 90 años; la generación babyboom (explosión demográfica postguerra), que comprende a los nacidos entre 1945 y 1965 y que tienen entre 50 y 70 años; la generación “X”, que comprende a los nacidos entre 1965 y 1985 y que tienen entre 30 y 50 años; y la generación “Y” (del nuevo milenio), que comprende a los nacidos entre 1985 y 2005 y que tienen entre 10 y 30 años más o menos. No me referiré a la generación “Z” porque considero que todavía no aparece en las comunidades de la vida consagrada [5]. Para los efectos de esta reflexión hablaré de las nuevas generaciones en la vida consagrada para referirme básicamente a dos grupos: a quienes están en las sucesivas etapas de la formación inicial (entre los 18 y los 30 años) y a quienes están en los primeros pasos de la vida apostólica (hasta los 35 años), sabiendo que los límites hacia arriba suelen moverse un poco debido a que ahora los jóvenes ingresan a la vida consagrada con más edad.

Quiero establecer ciertas relaciones entre las generaciones a modo de ilustración. Un primer ejemplo es la generación tradicional que está marcada por las guerras (es más notorio en personas que vinieron de Europa), se trata de consagrados que se distinguen por la austeridad y la disciplina. Es el grupo que menos tolera lo que considera un estilo consumista y desenfadado de las nuevas generaciones. Por su parte, los jóvenes admiran a los adultos mayores, pero no están dispuestos a vivir como ellos. Un segundo ejemplo es la generación babyboom que está marcada por las revoluciones sociales, culturales y eclesiales. Es el grupo al que más le cuesta aceptar lo que consideran comportamientos conservadores y retrógrados de las nuevas generaciones. Los jóvenes valoran el espíritu crítico de estos adultos, pero creen que viven demasiado ideologizados y no son capaces de reconocer lo nuevo y lo bueno. Un tercer ejemplo es la generación X que ha sufrido el desconcierto y el escepticismo por las revoluciones frustradas, que en cambio trajeron crisis económica y violencia social. Es el grupo que suele recelar de las posibilidades de los que llegan. Por su parte, los jóvenes conectan con las expectativas de estos adultos, pero consideran que son poco coherentes en sus vidas.

Las nuevas generaciones de la vida consagrada comparten las características de la generación @ que según Feixa expresa tres tendencias de cambio: el acceso universal a las nuevas tecnologías de la información y la comunicación; la erosión de las fronteras tradicionales entre los sexos y los géneros; el proceso de globalización cultural que trae consigo nuevas formas de exclusión social a escala planetaria [6].

No debemos aplicar mecánicamente las teorías sociológicas a la vida consagrada y a las nuevas generaciones; sin embargo, observo que la caracterización que hace Feixa de la generación @ se presenta de cierto modo en los jóvenes consagrados, sobre todo a través de las dinámicas de contraposición sin exclusión: espacio local vs. espacio global, tiempo real vs. tiempo virtual, sedentarismo vs. nomadismo o tribu vs. red [7]. En efecto, los jóvenes consagrados han dejado de estar solamente en el espacio local donde viven, ahora se mueven en un espacio global (la navegación virtual y el desplazamiento físico); es evidente que esta globalización del espacio tiene consecuencias en el estilo de vida de un joven consagrado. Las nuevas generaciones experimentan también la transformación del tiempo real en tiempo virtual, en el sentido de que viven los acontecimientos lejanos como cercanos cuando se conectan a la red; de este modo la cultura de lo inmediato y de lo instantáneo repercute en la vida consagrada. Estos cambios en el espacio y el tiempo están relacionados con el paso del sedentarismo al nomadismo, que permite a un joven migrar por diferentes ecosistemas sociales y cambiar de roles sin cambiar su estatus de consagrado; paradójicamente, es posible salir de casa sin salir del cuarto. Una dinámica interesante es la que se refiere a que los jóvenes experimentan un vaivén pendular entre las tribus urbanas y las redes sociales: entre un grupo generacional donde fluye el afecto y los medios virtuales que crean vínculos humanos sin contacto físico; sabemos que esto ha instalado una tensión en el corazón de las comunidades, no solo entre los jóvenes. Es un fenómeno clave en la construcción de las identidades de las nuevas generaciones en la vida consagrada, que seguramente retomaremos más adelante.

Quiero adelantar que la relación entre generaciones es un lugar pedagógico en el que maduran las personas de todas las edades, también en este caso la vida consagrada tiene que ser escuela de comunión y misión en la nueva época [8].

2.         La identidad personal

En este apartado tendríamos que señalar algo semejante a lo dicho en el primero, que las nociones que tenemos sobre identidad inciden en la apreciación que hacemos de las nuevas generaciones. Veamos.

Siempre se estudia la realidad desde un determinado punto de vista. Al respecto, conviene distinguir aquí entre la naturaleza de la identidad y sus mecanismos creadores. En el primer caso, el espectro suele oscilar entre perspectivas fuertemente estructurales (identidad como un armazón rígido) y visiones radicalmente procesales (identidad como conjunto de procesos y de narrativas). En el segundo caso, las opciones suelen fluctuar desde los dispositivos netamente individuales (intra-psicológicos) hasta los mecanismos que obedecen a prácticas comunitarias, sociales y/o culturales (inter-psicológicas). Para ubicar las diferentes perspectivas teóricas sobre la identidad conviene imaginar un mapa con cuatro puntos cardinales, cada uno con su etiqueta: al oeste la naturaleza estructural, al este la naturaleza procesal, al sur el mecanismo intra y al norte el mecanismo inter [9]. Por ejemplo, una perspectiva monolítica sobre la identidad se ubicaría hacia el suroeste. Los enfoques que adoptaré se sitúan hacia el noreste del mapa teórico.

La tendencia en los estudios sobre la identidad personal está orientada a superar la visión tradicional, esencialista y estática de la misma. La identidad se define entonces entre la permanencia y el devenir: existen grados de permanencia y de devenir; es decir, la permanencia no es eterna y el devenir no es absoluto [10]. En la vida consagrada prima una visión tradicional de la identidad personal, se considera que si un joven permanece algunos años en la congregación es una señal de que ha construido una identidad sólida. Las sorpresas vienen cuando este mismo joven se atreve a expresar opiniones disonantes o a manifestar conductas paradójicas. Entonces los adultos tomamos más conciencia de que tenemos que ampliar nuestra mirada sobre los jóvenes.

Hannah Arendt afirma que cuando queremos decir “quién” es alguien, acabamos diciendo “qué” es ese alguien; quedamos atrapados en la descripción de cualidades que ese alguien comparte con otros como él y entonces comenzamos a describir un carácter, con el resultado de que su específica unicidad se nos escapa [11]. Esta distinción de Arendt nos recuerda que no basta con imaginar la identidad de un joven consagrado a partir de las cualidades que comparte con otros consagrados, sino que es preciso que cada joven se revele como una persona distinta y única. La identificación del joven con los valores de la vida consagrada es diferente cuando se realiza desde un mecanismo de asimilación externa que cuando se realiza desde un proceso de personalización a partir del sujeto [12]. Por su parte, Charles Taylor considera que la identidad de una persona está definida por la manera en que las cosas son significativas para ella [13]; es decir, su identidad se define por los compromisos y las identificaciones que proporcionan un marco en el que intenta determinar lo que es valioso, lo que se debe hacer y lo que aprueba. Este punto de vista sugiere mirar la identidad de los jóvenes en términos de los significados relevantes que la vida consagrada aporta a sus vidas.

Para Alasdair MacIntyre el concepto de identidad personal supone los conceptos de narración, inteligibilidad y responsabilidad, que están estrechamente relacionados [14]. La identidad narrativa muestra que un ser humano no puede estar absolutamente seguro de lo que sucederá con su vida pero anhela alcanzar una meta hacia la que avanza entre éxitos y fracasos. El hecho de narrar la vida permite que un determinado acontecimiento se haga inteligible a partir de las intenciones, las creencias y las pasiones de los agentes. El concepto narrativo del “yo” indica también que una persona es alguien que tiene que dar cuentas y alguien que puede pedir cuentas a los otros. Sin duda es una perspectiva que sugiere entender la identidad de los jóvenes consagrados como un proyecto abierto, una narración vivida con pasado, presente y futuro. Por lo tanto, se hace imprescindible el acto de narrar la propia vida, de manera que el origen y el destino de la vida se hagan comprensibles para el joven y para los demás. Así también es necesario que un joven se reconozca como sujeto de responsabilidades éticas en el contexto de la vida consagrada, asumiendo que su identidad religiosa corresponde a una forma estable de vida cristiana, que se traduce en un determinado modo de ser en el mundo.

Un aporte relevante para construir la identidad de los jóvenes, en el marco de la vida comunitaria, es la relación que establece Paul Ricoeur entre identidad y alteridad [15]. Primero distingue entre la identidad como “mismidad” y la identidad como “ipseidad”: la primera apunta a la permanencia en el tiempo y la segunda señala el hecho de ser uno mismo. Ricoeur piensa que si se entiende la identidad solo desde la “mismidad”, sucede que la “alteridad” –de cualquier otro distinto de sí mismo– no ofrecerá nada de original; en cambio, si se entiende la identidad desde la dialéctica entre “ipseidad” y “alteridad”, entonces la “alteridad” llegará a ser constitutiva de la “ipseidad”. La reconocida frase de Ricoeur “el sí mismo como otro”, sugiere que el “yo” implica al “otro”, al punto que no se puede pensar lo uno sin lo otro: el “como” de la frase no se limita a una comparación (sí mismo semejante a otro), sino que indica una implicación (sí mismo en cuanto otro). La relevancia de la alteridad para la identidad de las nuevas generaciones se manifiesta en el hecho de que un joven viene a identificarse progresivamente como un consagrado –en una determinada congregación religiosa– por medio del reconocimiento mutuo con los otros de la misma generación y los otros de las demás generaciones.

Es oportuno por lo menos mencionar que la identidad de los jóvenes se favorece con una espiritualidad de comunión entre las generaciones de la vida consagrada [16], que promueve la unidad en la diversidad de los grupos generacionales.

3.         La construcción identitaria

La identidad es un proceso de construcción abierto de manera permanente, tanto en la historia de las personas como en el devenir de las sociedades [17]. También en el caso de los consagrados la identidad debería ser vista como el resultado (estable y provisorio, individual y colectivo, subjetivo y objetivo, biográfico y estructural) de los procesos de socialización que conjuntamente construyen los individuos y definen las instituciones [18]. La construcción se realiza entonces a través del doble proceso de la identidad atribuida por los otros y la identidad incorporada por uno mismo.

La cuestión se complejiza porque aparece el asunto de las múltiples identidades en contextos diversos. Los jóvenes consagrados representan a la juventud global que se caracteriza por identidades híbridas y mundos plurales: “hibridación” como creatividad cultural a partir de múltiples fuentes y “pluralidad” como constitución de subjetividades a partir de discursos aparentemente opuestos [19]. En nuestro caso, el desafío radica en que la identidad consagrada “reclama” una prioridad en la vida de las nuevas generaciones. Al respecto, cabe señalar que desde el enfoque de la psicología cognitiva se apuesta por una integración jerárquica de las distintas formas en que un sujeto puede representarse a sí mismo en interacción con el mundo, basándose en procesos de auto-regulación [20]; por ejemplo, la identidad sexual estaría integrada en la identidad religiosa. La antropología habla de la “coherencia” como un ideal que pretende que ciertos valores rijan la vida de las personas más allá de una faceta específica; en este sentido, se admite que es posible la existencia de personas “integradas” cuando se combinan condiciones de socialización controlada, un entorno ideológico coherente y un ambiente satisfactorio de bienestar con personas que muestran formas de autocontrol elevado [21].

En su estudio sobre la crisis de las identidades, Claude Dubar parte del principio de que la identidad no es lo que permanece necesariamente “idéntico”, sino el resultado de una “identificación” contingente [22]. La hipótesis del autor es que se ha producido un cambio en la configuración de las formas identitarias, debido a que se transita de formas “comunitarias” a formas “societarias”. Las primeras suponen la creencia en la existencia de agrupaciones consideradas como sistemas de lugares y nombres pre-asignados a los individuos y que se reproducen idénticamente a lo largo de las generaciones, de manera que cada individuo tiene una pertenencia considerada como principal en tanto miembro de su comunidad y una posición singular como ocupante de un lugar en el seno de ella. Y las segundas presuponen la existencia de colectivos múltiples, variables y efímeros a los que los individuos se adhieren por tiempos limitados y que proporcionan recursos de identificación que se plantean de manera diversa y provisional, de modo que cada quien posee múltiples pertenencias que pueden cambiar en el curso de una vida. En el caso de la vida consagrada, las primeras generaciones formaron su identidad a través de formas “comunitarias”, viendo a su propia congregación como un sistema que se reproduce de generación en generación. Pienso que para muchos adultos el hecho de ser consagrados constituye su identidad predominante y a partir de allí se determinan las identificaciones secundarias. Es curioso cómo los jóvenes admiran la perseverancia y la reciedumbre de los adultos mayores, sin atender que el secreto podría estar en una identidad asociada a un sistema estable. En todo caso, la identidad de los jóvenes tendría que ser el resultado más de las elecciones personales que de las asignaciones heredadas.

El análisis de las culturas juveniles que hace Feixa sirve para comprender mejor la construcción de las identidades [23]. En el plano de las condiciones sociales, las culturas juveniles se construyen con materiales que provienen de las identidades generacionales, de género, clase, etnia y territorio. Estas se configuran a partir de una interacción básica entre culturas hegemónicas y culturas parentales. En el plano de las imágenes culturales, las culturas juveniles se traducen en lenguajes, estéticas, éticas, producciones culturales y actividades focales. Se configuran a partir de la interacción básica entre macroculturas y microculturas. Quiero realizar a continuación una aplicación libre del análisis de Feixa al caso de las nuevas generaciones en la vida consagrada.

Un joven consagrado construye su identidad a partir de las identidades que trae: generación (X, Y o Z), género (varón o mujer), clase (alta, media o baja), etnia (costeño, andino o amazónico) o territorio (local o global). Es evidente que no es posible construir la identidad personal prescindiendo de las identidades previas del joven, que se seguirán configurando en una nueva interacción entre culturas parentales y culturas hegemónicas, que en este caso serían las congregaciones religiosas y el entorno social en el que viven los jóvenes consagrados, respectivamente. La identidad de un joven consagrado también se construye teniendo en cuenta sus lenguajes (formas, contenidos y medios), estéticas (cuerpo, moda y música), éticas (sistemas de valores), producciones culturales (textos y videos) y actividades focales (ritos, diversión y ocio). Tampoco es posible construir la identidad personal si se prescinde de las culturas juveniles, que seguirán configurándose en una nueva interacción entre microculturas y macroculturas; por ejemplo, en este caso serían el grupo generacional al que pertenece el joven consagrado en su congregación y los mundos culturales plurales en los que habita el joven. El esquema no debe descuidar que la identidad religiosa es el principio integrador del proceso.

Vuelvo a la visión limitada de la tecnología digital como un instrumento externo y no como un ámbito antropológico, porque considero esencial para la comprensión de los jóvenes que entendamos mejor el lugar de la cultura digital en la construcción de sus identidades [24]. Los jóvenes consagrados –en cierta medida– pertenecen a una generación que José María Bautista ha calificado como transracional, mediática, autoconstructiva, postmaterialista e interconectada: que supera la mera razón como clave de comprensión de la vida, que crece humanamente en un mundo mediático, que construye su identidad a través de la estimulación y la automotivación, que es sensible a las nuevas expresiones de la espiritualidad, que entra en relación a través de las redes sociales, etc. Me gustaría destacar la referencia que hace Bautista a la autoconstrucción. Muchas veces los adultos planteamos la identidad acentuando la interioridad sobre la exterioridad y el ser sobre el hacer; sin embargo, uno de los impactos de la cultura global en los más jóvenes consiste en que estas dicotomías no son asimilables por ellos. Mientras los adultos decimos que se debería construir la identidad desde la interioridad, los jóvenes la construyen desde su exterioridad; digamos que ellos empiezan siendo lo que son porque aprenden a gustar a los demás. Es evidente que también para los jóvenes su identidad está en saber qué tipo de persona son, pero la diferencia radica en que ellos lo descubren a partir de su cuerpo, ropa, peinado, celular o cuarto. Quiero advertir que esto no quiere decir que los jóvenes sean incapaces de construir identidades auténticas en la vida consagrada, sino que viven los procesos desde nuevos paradigmas. Los adultos deberíamos superar los prejuicios, aproximarnos, conectar, comprender, sintonizar y acompañar.

Finalmente me permito insistir en la importancia de la relación intergeneracional para la construcción de las identidades de los jóvenes. Retomo brevemente los desafíos planteados por Pina del Core [25]. El primero es la relación: el joven consagrado construye su identidad personal a través de la relación con otros consagrados como compañeros en el seguimiento de Cristo. El segundo es la identificación y la pertenencia: el joven crece en su identificación por medio de la pertenencia a la comunidad religiosa, que deriva de la conciencia de participar de la misma vocación y de trabajar por la misma misión. El tercero es la transmisión y el aprendizaje: el joven madura en la medida que desarrolla su capacidad de crítica y de autocrítica ante la pluralidad de puntos de vista dentro de la congregación. El cuarto es el acompañamiento: el joven puede contar con el ministerio del acompañamiento por parte de los consagrados que pertenecen a otras generaciones. En cualquier caso, es necesario hacer ajustes en los procesos.



[1] Cf. Carmen Leccardi y Carles Feixa, “El concepto de generación en las teorías sobre la juventud”, en Carles Feixa, De la Generación@ a la #Generación. La juventud en la era digital, Barcelona, Ned, 2014, pp. 47s.
[2] Cf. Antonio Spadaro, Ciberteología. Pensar el cristianismo en tiempos de la red, Barcelona, Herder, 2014, pp. 22ss.
[3] Cf. Lecardi y Feixa, a.c., pp. 52s.
[4] Cf. Wikipedia: categoría: generaciones.
[5] Las generaciones Y y Z son las generaciones @ (arroba) y # (hashtag) de Carles Feixa.
[6] Cf. Feixa, o.c., p. 122.
[7] Cf. Feixa, o.c., pp. 122ss.
[8] Cf. Sante Bisignano, “Relación entre generaciones y fidelidad creativa. Escuela de comunión y misión”, en Jesús María Alday (ed.), De generación en generación. La relación entre generaciones en la vida consagrada, Madrid, Publicaciones Claretianas, 2007, pp. 31ss.
[9] Cf. Carles Monereo y Juan Ignacio Pozo (ed.), La identidad en psicología de la educación. Necesidad, utilidad y límites, Bogotá, Narcea, 2014, p. 13.
[10] Cf. Marda Zuluaga, Identidad y devenir, Bogotá, San Pablo, 2014, p. 33.
[11] Cf. Hannah Arendt, La condición humana, Buenos Aires, Paidós, 2003, pp. 205ss.
[12] Cf. Javier Garrido, Proceso humano y Gracia de Dios. Apuntes de espiritualidad cristiana, Santander, Sal Terrae, 1996, pp. 107ss.
[13] Cf. Charles Taylor, Fuentes del yo. La construcción de la identidad moderna, Barcelona, Paidós, 1996, pp. 59ss.
[14] Cf. Alasdair MacIntyre, Tras la virtud, 2ª ed., Barcelona, Crítica, 2004, pp. 269ss.
[15] Cf. Paul Ricoeur, Sí mismo como otro, 3ª ed., Madrid, Siglo XXI, 2006, pp. 109ss.
[16] Cf. Theo Jansen, “Hacia una espiritualidad de comunión entre las generaciones”, en Alday, o.c., pp. 125ss.
[17] Cf. Gabriela R. Cicalese, Yo soy… ¿Nosotros somos? Comunicación e identidades, Buenos Aires, San Pablo, 2010, pp. 9ss.
[18] Cf. Adriana Gewerc, “Identidades docentes en contextos turbulentos. Espacios, tiempos  afectos”, en Monereo y Pozo, o.c., pp. 197ss.
[19] Cf. Pam Nilan y Carles Feixa, “¿Una juventud global? Identidades híbridas, mundos plurales”, en Feixa, o.c., pp. 33ss.
[20] Cf. Juan Ignacio Pozo, “La construcción de la identidad en la psicología cognitiva. Del aprendizaje situado a la integración jerárquica”, en Monereo y Pozo, o.c., pp. 48ss.
[21] Cf. Jürgen Golte y Doris León, Polifacéticos. Jóvenes limeños del siglo XXI, Lima, IEP, 2011, p. 53.
[22] Cf. Claude Dubar, La crisis de las identidades. La interpretación de una mutación, Barcelona, Bellaterra, 2002, pp. 11ss.
[23] Cf. Feixa, o.c., pp. 99ss.
[24] Cf. José María Bautista, Todo ha cambiado con la Generación Y. 40 paradigmas que mueven el mundo, Vitoria, Frontera Hegian, 2010, pp. 63ss.
[25] Cf. Pina del Core, “Relación intergeneracional en la vida consagrada. Entre nuevas instancias y puntos críticos: ¿hacia qué modelos de referencia?, en Alday, o.c., pp. 83ss.

miércoles, 24 de junio de 2015

Teología y ecología

Teología y ecología

Raúl Pariamachi ss.cc.

El papa Francisco ha publicado la carta encíclica Laudato si’ sobre el cuidado de la casa común, en la que escribe que “si de verdad queremos construir una ecología que nos permita sanar todo lo que hemos destruido, entonces ninguna rama de las ciencias y ninguna forma de sabiduría puede ser dejada de lado, tampoco la religiosa con su propio lenguaje” (LS 63). En este artículo me propongo mostrar las relaciones entre la teología y la ecología, como una aplicación del diálogo entre fe cristiana y cultura ecológica, con referencias a algunos puntos de la encíclica ecológica del Papa.

Ecología

La palabra ecología viene de los términos griegos: oikos (casa) y logos (estudio). Etimológicamente se trata del estudio de la casa. Sin embargo, se debe aclarar que oikos se refiere no solo a la estructura física de una casa, sino también a las relaciones que se establecen dentro de ella. El biólogo Ernst Haeckel usó la palabra ecología para referirse al estudio de las relaciones entre un organismo vivo y su ambiente natural. Desde entonces el significado de la palabra ecología se ha ampliado al punto que actualmente se refiere a las relaciones de todos los seres vivos en esta casa común que es el planeta Tierra. Se entiende que el papa Francisco hable –en el capítulo cuarto de su encíclica– de ecología integral: ambiental, económica, social, cultural y de la vida cotidiana.

Teología

La palabra teología viene de los términos griegos: theos (dios) y logos (estudio). Etimológicamente se trata del estudio de Dios. No obstante, la teología no se limita a los asuntos de Dios, sino que incluye otras realidades desde la perspectiva de la fe cristiana. Frente a la pregunta de si la teología solo debería ocuparse de Dios, el teólogo Tomás de Aquino respondía: “En la teología se trata de todas las cosas a la luz de Dios, ya por ser tales cosas el mismo Dios, ya por tener relación con Dios como principio y fin” (Suma teológica I, q.1, a.7). Esto significa que es posible hacer teología a partir de la ecología, en tanto que las relaciones interdependientes que establecen los seres vivos en el planeta están orientadas a Dios como a su principio y a su fin.

La crisis ecológica

La crisis ecológica actual (capítulo primero de la encíclica) plantea desafíos a la teología, en cuanto que la fe cristiana tiene algo que decir a propósito de la destrucción que sufre la Tierra, con sus consecuencias para todos los seres vivos, especialmente para los más pobres [1]. Las respuestas teológicas a los desafíos ecológicos tienen que superar tanto una visión idealizada de la creación como una visión instrumental de la naturaleza; tienen que incorporar aspectos científicos, económicos, políticos, culturales, religiosos. Considero que un diálogo entre teología y ecología debe tomar en serio que la ecología va dejando de ser solo una disciplina para convertirse en todo un paradigma: un modelo sobre las relaciones entre los humanos y con la naturaleza.

Hacia una ecoteología

La ecoteología es una reflexión sobre Dios en interrelación con toda su creación, a la luz de la fe cristiana; es una teología que remite a las relaciones de Dios con la casa planetaria común y que se preocupa por la convivencia dentro de ella [2]. En este sentido, voy a tratar ahora algunas cuestiones sobre Dios y su creación estableciendo nexos con la problemática ecológica [3]. Al respecto, la Laudato si’ es un excelente ejemplo de cómo las convicciones de la fe ofrecen a los cristianos grandes motivaciones para el cuidado de la naturaleza y de los hermanos más frágiles (cf. LS 64).

El Creador y su creación

El papa Francisco titula el capítulo segundo de su encíclica “El Evangelio de la creación”, donde se refiere a la teología de la creación, desde los relatos de la creación en el libro del Génesis hasta la mirada de Jesús en los evangelios; a continuación, sigo solo en parte el esquema y el contenido de este capítulo, aunque tomando los aportes de los teólogos citados en la respectiva nota.

Respecto a la creación quiero subrayar dos enseñanzas cuya mala interpretación suele contribuir a la crisis ecológica [4]. Cuando hablamos de la “creación” para referirnos al mundo natural y al ser humano estamos aplicando una categoría teológica… estamos calificando a la naturaleza y a la humanidad como obras de Dios. Esto supone una doble consecuencia. Por una parte, se está indicando que esta creación posee una dignidad por haber salido de las manos del Creador. Por otra parte, se está diciendo que esta creación es distinta de su Creador. Esto último produjo la llamada desacralización del mundo por parte de la tradición judeo-cristiana: el mundo no es Dios [5]. En contra de las culturas que trataban a los elementos de la naturaleza como si fueran dioses, se defendió que solo el único Dios verdadero –creador, espiritual y personal– debe ser adorado. Se entiende que algunos juzguen que esta desacralización ha llevado a perder el respeto por la naturaleza (solución a la crisis ecológica pasaría por volver a sacralizar el mundo).

A esta primera enseñanza de que la naturaleza y la humanidad son obras divinas, tiene que sumarse una segunda que afirma que el ser humano ha sido creado a imagen y semejanza del Creador. Esto también supone una doble consecuencia. Por una parte, se está señalando que el ser humano es la cumbre de la obra de Dios. Por otra parte, se está diciendo que establece una relación de inferioridad con respecto a Dios, de igualdad con respecto a los otros humanos y de superioridad con respecto al resto de lo creado: el ser humano ha sido destinado por Dios a dominar sobre la tierra y los animales. No resulta extraño que se acuse a la tradición judeo-cristiana de estar detrás del antropocentrismo, que terminaría perjudicando a todos los seres vivos del planeta.

En el trasfondo de la crisis ecológica se percibe la distorsión de la doctrina de la creación: si se enseña que la naturaleza no es Dios y que el ser humano debe dominarla, alguien podría deducir que la naturaleza tiene que ser utilizada como mero instrumento al servicio del ser humano que la somete, maltrata y devasta. De ahí que la ecoteología construya un sentido teológico amplio para las relaciones entre el Creador y su creación. La pregunta consiste así en cómo redescubrir la dignidad de la creación en su conjunto, recuperando la dimensión sagrada de la naturaleza sin recaer en el animismo. Me parece que la respuesta pasa por establecer vínculos entre la tradición cristiana y el paradigma ecológico. Esta tarea teológica supone revisar nuestros imaginarios religiosos sobre las relaciones entre Dios, el mundo natural y el ser humano.

La sacramentalidad de la creación (una caracterización simbólica) radica en que el Dios trascendente es el Dios inmanente: está presente en su creación. Esta creación es símbolo de Dios, de su gloria, su bondad, sabiduría y belleza. De esta sacramentalidad se desprende que todo ser creado posee una bondad propia que se deriva de su Creador y que no depende de la utilidad que pudiera tener para los seres humanos. Esta verdad no puede limitarse a una visión romántica de la naturaleza, sino que debe ampliarse con el asombro de contemplar la Tierra desde fuera de la Tierra –desde el punto de vista del astronauta– como nuestra casa común y nuestra patria cósmica: un superorganismo vivo donde cohabitan en interdependencia todos los seres vivos, sabiendo que el ser humano no simplemente está en la Tierra sino que es de la Tierra.

Esta sacramentalidad está vinculada con el deseo de la ecoteología de recuperar la dimensión sagrada del universo. Lo “sagrado” se entiende aquí como aquella cualidad de las cosas que nos fascina, nos estremece, nos conduce a una experiencia de asombro, veneración y respeto. Esta experiencia se expresa en las relaciones de los humanos con la Tierra como su casa, hermana y madre (esta última vista en los pueblos originarios). El redescubrimiento de la dignidad de la creación pasa entonces por la recuperación de la sacralidad de la naturaleza.

Es necesario replantear el sentido del lugar único que ocupa el ser humano en la creación. El ser humano es naturaleza, no está fuera de ella. La genética permite mirar al ser humano vinculado con una cadena evolutiva, y emparentado con todas las formas de vida. En contraposición vemos que en la base del antropocentrismo subyace una visión atomizada del ser humano como desgajado de los otros seres vivos. El antropocentrismo pretende que la historia del universo tiene su razón de ser únicamente en el ser humano: toda la creación estaría a su disposición en orden a realizar sus deseos (nada tendría un valor por sí mismo) [6]. La ecoteología prefiere trabajar con el principio andrópico, según el cual el ser humano ocupa un lugar singular en el conjunto de las especies, al punto de alcanzar un alto nivel de conciencia refleja sobre el mundo [7].

Las cuestiones sobre la creación remiten a las cuestiones sobre el Creador. Solo voy a mostrar algunos acentos que pone la ecoteología al hablar de los modelos de Dios en relación con la ecología.

La presencia de Dios en su creación abre la posibilidad de que el Creador pueda ser pensado en relación con el proceso global de evolución y de expansión del universo, en favor de una íntima comunión entre el Creador y la creación (que respeta la identidad y la distinción). La ecoteología habla de Dios como trinidad de personas sin limitarse al ámbito humano. En efecto, esta comunión trinitaria es puesta en relación con la unidad y la diversidad de la vida, del planeta y del cosmos. Desde esta perspectiva, el Padre es principio, fuente y origen del que proceden todas las cosas. El Espíritu –por su parte– es el dador de vida, es la energía vivificante en el devenir de la creación, que está presente en todas las criaturas, en la naturaleza, las plantas, los animales y los ecosistemas de la Tierra. Finalmente, el Hijo extiende su obra salvadora a todos los ámbitos de la historia de la humanidad y la naturaleza. El Jesús histórico es confesado como el Cristo de la fe, un Cristo cósmico en quien se recapitulan todas las cosas.

Quiero concluir diciendo que soy consciente de que lo expuesto requiere de más precisión; en cualquier caso, mi intención ha sido despertar el interés por la ecoteología como el campo de trabajo donde la teología, en diálogo con la ecología, se ha propuesto revisar las imágenes, los conceptos y los modelos que tenemos de Dios, del ser humano y del mundo natural con vistas a construir una civilización ecológica.





[1] La íntima vinculación entre la Tierra y los pobres atraviesa toda la encíclica: “tanto el clamor de la tierra como el clamor de los pobres” (LS 49; cf. 2, 10, 13, 16, 20, 25, 27, 28, 29, 30, 48, 50, 52, 53, 66, 71, 93, 94, 109, 110, 123, 134, 139, 142, 148, 149, 152, 158, 162, 175, 190, 198, 201, 214, 227, 232, 237, 241 y 243). Cf. Leonardo Boff, Ecología. Grito de la Tierra, grito de los pobres, Madrid, Trotta, 1996.
[2] Cf. Concilium 331 (Junio 2009), Ecoteología: nuevas cuestiones y debates.
[3] En las siguientes reflexiones sigo básicamente a Jürgen Moltmann, Dios en la creación. Doctrina ecológica de la creación, Salamanca, Sígueme, 1987. Ian C. Bradley, Dios es verde. Cristianismo y medio ambiente, Santander, Sal Terrae, 1993. Sallie McFague, Modelos de Dios. Teología para una era ecológica y nuclear, Santander, Sal Terrae, 1994. Denis Edwards, El Dios de la evolución. Una teología trinitaria, Santander, Sal Terrae, 2006. Ilia Delio, Cristo en evolución, Santander, Sal Terrae, 2014.
[4] En su conocido artículo “Las raíces históricas de nuestra crisis ecológica”, Lynn White (1967) escribía que la visión judeo-cristiana –que subyace en el mundo occidental– es la culpable de la crisis ecológica actual (enunciado ciertamente discutible).
[5] En realidad prefiero hablar de una “des-divinización” del mundo, porque más adelante hablaré de recuperar el carácter “sagrado” del mundo natural, sin que signifique que volvamos a tratar a los elementos naturales como dioses.
[6] Se tendría que recordar que el fin de la creación es la gloria de Dios, en el sentido de que el fin de la creación es la comunicación de la bondad divina, de tal manera que se realice su designio amoroso en todas sus criaturas.
[7] Esto guarda relación con el Catecismo: “Por haber sido hecho a imagen de Dios, el ser humano tiene la dignidad de “persona”; no es solamente algo, sino alguien. Es capaz de conocerse, de poseerse y de darse libremente y entrar en comunión con otras personas; y es llamado, por la gracia, a una alianza con su Creador, a ofrecerle una respuesta de fe y de amor que ningún otro ser puede dar en su lugar” (357).

domingo, 21 de junio de 2015

Eucaristía y economía

Eucaristía y economía

Raúl Pariamachi ss.cc.


Mi breve intervención en este panel quiere ser un aporte a la reflexión sobre los desafíos éticos en la economía para un Perú globalizado desde la perspectiva de la ética cristiana. Por lo tanto, de alguna manera voy a combinar filosofía, teología y economía. ¿Qué puede ofrecer una ética inspirada en el seguimiento de Cristo a la búsqueda de una economía orientada a la justicia social en un país globalizado?

1.         Algunas observaciones previas

Tengo la impresión de que muchas de las personas que se declaran cristianas en el Perú suelen desconocer las implicancias éticas de su fe en Jesucristo en el ámbito de la vida económica. Por supuesto, no dudo que cuando leen las parábolas del juicio final, del buen Samaritano o del pobre Lázaro sientan que su fe en Jesucristo exige la práctica del amor al prójimo, preferentemente al pobre, al sufriente y al olvidado. Sin embargo, dudo que saquen todas las consecuencias de tal amor para la vida económica de su país. Quisiera comenzar entonces con algunas observaciones previas.

Una primera observación –quizás bastante obvia– es que si bien es cierto que la fe en Jesucristo no puede ser reducida a ninguna ética (ni siquiera cuando se dice que lo más importante es el amor al prójimo) [1], también es verdad que la ética es una dimensión constitutiva de la fe cristiana, en la medida en que la adhesión a la persona y al mensaje de Jesucristo supone un estilo de vida conforme a los valores evangélicos. Cabe advertir que la ética cristiana no se limita al ámbito de la familia, la sexualidad o la bioética, sino que atañe también al ámbito de la vida política, económica y ecológica.

Una segunda observación es que junto a éticas con referencias religiosas –como la ética cristiana– conviven éticas sin referencias religiosas que defienden la legitimidad de una ética civil o ética laica, al punto que se hace imprescindible el diálogo con ellas. Por ejemplo, se suele clasificar a la ética cristiana dentro de las “éticas de máximos” que proponen un ideal de vida buena según un sistema de valores, a diferencia de las “éticas de mínimos” que postulan un ideal de sociedad justa según un sistema de principios que garanticen que cada sujeto realice libremente su propio ideal de vida buena [2]. Al menos en el caso específico de la ética cristiana esto no significa que como “ética de máximos” deba limitarse a la vida privada sin repercusiones en la vida pública.

Una tercera observación es que si bien la ética cristiana aplicada al ámbito social comprende tanto el nivel fundante de las motivaciones como el nivel deliberativo de la conciencia y el nivel directivo de las normas, se debería subrayar que la especificidad de esta ética cristiana estriba en que se trata de una ética humana abierta a la trascendencia. Es una ética que está motivada por la praxis de Jesús, animada por la confianza en Dios, inspirada por los valores evangélicos, iluminada por la palabra del Señor y orientada por el amor a la humanidad, que consideramos válida para la vida humana [3].

Quizás sea oportuno citar las palabras de un conocido autor:

“No es simplemente correcto pensar que el bien y el mal moral se constituyen como tales por un precepto divino. Tener tal precepto era la peculiaridad histórica de Israel. Cristianamente, habría que decir que las acciones humanas son buenas en la medida en que sean agápicas. Y tal bondad puede pensarse que les es autónoma, pues el amor brota de la humanidad y es para la humanidad. El cristiano puede decir bien eso, con tal de que añada que ese mismo amor, últimamente, viene de Dios; a esta última radicación en lo Absoluto habrá que atribuir la fuerza de la exigencia del “¡Ama!”, y por ello puede hablarse de teonomía.” [4]

A continuación voy a presentar una visión de lo que la fe cristiana puede ofrecer al nivel de las motivaciones éticas para la construcción de una economía justa en el país, a partir de la eucaristía como fuente y cima de la vida cristiana.

2.         Eucaristía y economía

En efecto, el papa Benedicto XVI escribió en su encíclica Deus caritas est que la mística de la eucaristía tiene un carácter social: La unión con Cristo es al mismo tiempo unión con todos los demás, el amor a Dios y el amor al prójimo están realmente unidos; en la eucaristía “el agapé de Dios nos llega corporalmente para seguir actuando en nosotros y por nosotros” (n. 14). Es así que la contraposición usual entre culto y ética simplemente desaparece –dice el Papa–, en la comunión eucarística va incluido a la vez el ser amados y el amar a los otros. En la misma línea, en su exhortación Sacramentum caritatis se refirió a la eucaristía como misterio que se ha de creer, celebrar y vivir, al punto que la existencia cristiana adquiera verdaderamente una forma eucarística. Esto quiere decir que la eucaristía mueve al cristiano a hacerse pan partido para los demás y a trabajar por un mundo más justo y fraterno: “Cristo sigue exhortando también hoy a sus discípulos a comprometerse en primera persona: “denles de comer” (Mt 14, 16)” (n. 88). De hecho, “la eucaristía entraña un compromiso en favor de los pobres: Para recibir en la verdad el Cuerpo y la Sangre de Cristo entregados por nosotros debemos reconocer a Cristo en los más pobres, sus hermanos (cf. Mt 25, 40)” (CCE 1397).

En seguida trataré de ensayar ciertas repercusiones éticas para la vida económica tomando como punto de partida algunos elementos bíblico-dogmáticos de la eucaristía, también reiterando determinados principios éticos.

La eucaristía es el memorial de la vida entregada de Jesucristo, del sacrificio de su cuerpo y su sangre: Jesús es el pan que se parte para la vida del mundo (cf. Jn 6, 51). En la eucaristía se despliega la lógica del relato cristiano, según esta la raíz del deseo no es la carencia sino el exceso del amor compartido tal como se descubre en la vida de Jesús. Un teólogo ha dicho que vivimos como en el cruce de dos relatos sobre el mundo: la eucaristía y el mercado (en el sentido de que narran historias de hambre y consumo) [5]. Cabe decir entonces que la lógica eucarística del don –dar sin recibir– deberá cuestionar la lógica mercantil del intercambio –dar a cambio–. No se trata de satanizar el mercado por sí mismo, sino de advertir sobre el peligro de que su lógica implacable invada todos los ámbitos de la vida humana, en una especie de colonización de la ética, la política, la religión, la cultura y el arte. El mercado dejado a su propia lógica termina convertido en una suerte de nuevo dios Cronos que se traga a sus hijos.

En su carta encíclica Caritas in veritate, el papa Benedicto XVI sostuvo que la caridad en la verdad ubica al ser humano frente a la sorprendente experiencia del don (advirtiendo que la lógica del don no excluye la justicia): “La actividad económica no puede resolver todos los problemas sociales ampliando sin más la lógica mercantil. Debe estar ordenada a la consecución del bien común…” (n. 36).

Se debe reiterar entonces la orientación ética cristiana de que una economía justa está configurada por la satisfacción de las necesidades humanas, del ser humano que es el autor, el centro y el fin de toda la vida económico-social (cf. GS 63). En este sentido, la Iglesia enseña que el progreso económico está puesto al servicio del ser humano, bajo su control (cf. GS 64-65) [6]. Jesús dijo que el sábado está hecho para el ser humano, no el ser humano para el sábado; podemos parafrasearlo diciendo que la economía está hecha para el ser humano, no el ser humano para la economía.

La eucaristía es el banquete pascual de la comunión en el cuerpo de Cristo, cuya condición de posibilidad es la vida abundante ofrecida por Jesús (cf. Jn 10, 10). Pero la abundancia de la eucaristía es inseparable de la kénosis (descentramiento). De tal modo que por la participación en la comida eucarística se produce en los cristianos un radical descentramiento, al ser configurados con la vida de Jesús y al ser incorporados al cuerpo de Cristo. La eucaristía convierte al creyente en el cuerpo de Cristo [7], en una comunidad solidaria con todos sus miembros. En cambio, el relato del mercado pretende hacer creer que la persecución individual del propio interés revertirá milagrosamente en el beneficio de todos (¿chorreo?), que las necesidades del hambriento serán atendidas por el cuidado providencial del mercado, una “escatología” en la que la abundancia para todos estaría a la vuelta de la esquina. Estaríamos entonces ante una especie de novela contemporánea de la multiplicación de los panes y los peces, vista al revés.

Benedicto XVI denunció en su Caritas in veritate que “el hambre causa todavía muchas víctimas entre tantos Lázaros a los que no se les consiente sentarse a la mesa del rico epulón” (CV 27), al tiempo que anuncia que dar de comer a los que tienen hambre (cf. Mt 25, 35.37.42) es un imperativo ético para la Iglesia universal, que responde a las enseñanzas de su Fundador sobre la solidaridad y el compartir.

Viene al caso evocar el principio ético cristiano de que una economía justa debe regirse por el criterio del destino común de los bienes económicos, que deberán llegar a todos en forma equitativa, bajo la guía de la justicia y el acompañamiento de la caridad (cf. GS 69) [8]. En estos tiempos en que se habla tanto de la inclusión social, es lamentable que la sociedad se siga asemejando más a la mesa anti-eucarística del epulón (donde el pobre Lázaro tenía que contentarse con las sobras), una mesa excluyente que constituye una negación de la mesa eucarística de Jesús, donde caben todos.

La eucaristía es la anticipación de la consumación del reino de Dios, el banquete escatológico (cf. Mt 26, 29); como se recoge bellamente en la tradición: en el banquete pascual se recibe una prenda de la vida eterna (pignus futurae gloriae). En la eucaristía el reino de Dios irrumpe en la historia con un mensaje de esperanza y una exigencia de justicia: el pobre no puede esperar. Es precisamente en el misterio de la eucaristía donde encuentran su pleno sentido el anuncio y la denuncia que se orientan hacia la realización de la nueva creación y la nueva humanidad en Cristo. La praxis eucarística aparece aquí como una crítica de la idolatría del mercado que demanda el sacrificio de las víctimas [9], de los mitos del progreso, de la productividad sin límite, del lucro sin freno, que atentan contra la convivencia humana y la supervivencia planetaria. La dimensión utópica de la eucaristía rememora el dolor de los crucificados en el mundo, abre nuevas posibilidades en tiempos de crisis y detiene el avance de una economía desbocada.

La orientación escatológica de la historia que se significa en la eucaristía conecta con la clásica afirmación del concilio Vaticano II de que la espera de una tierra nueva al final de los tiempos no debe debilitar sino más bien avivar la preocupación por cultivar la tierra presente, donde va creciendo el cuerpo de la nueva familia humana, que puede ofrecer ya un cierto esbozo del siglo futuro (cf. GS 39) [10].

Volviendo a la encíclica del papa Benedicto, me gustaría subrayar que la búsqueda del progreso humano integral se enfrenta al desafío de la interdependencia planetaria. El Papa considera que los seres humanos tienen que ser los protagonistas, no las víctimas, de la globalización económica. Una globalización bien gestionada ofrece la posibilidad de una redistribución de la riqueza a escala planetaria, pero mal gestionada aumentará la pobreza y la desigualdad, contagiando con una crisis a todo el mundo. La globalización debe ser orientada hacia metas de humanización solidaria (cf. CV 42) [11].

3.         Brevísimas aplicaciones prácticas

Finalmente, quiero simplemente enumerar algunas aplicaciones prácticas que se derivan de lo dicho sobre las repercusiones de la eucaristía para la ética de la economía, dejando abierto el diálogo posterior.

a) La globalización económica favorece el acceso del país a nuevas tecnologías, mercados y finanzas. No obstante, conlleva el peligro de la productividad sin límite y el lucro sin freno. La indiferencia ante los efectos de la contaminación sobre las personas a raíz de la explotación minera en La Oroya y el intento del Gobierno de facilitar la venta de tierras comunales para incentivar la inversión privada sin consulta a las comunidades nativas, son ejemplos de que muchas veces en el Perú los derechos de las personas, los pueblos y las culturas son subordinados a los intereses de las empresas transnacionales. La Iglesia está desafiada a elevar su voz en diferentes instancias de la vida pública para abogar por una regulación ética de la actividad económica en el país [12].

b) El crecimiento económico en el Perú ha sido positivo en los últimos años. Sin embargo, su ambigüedad radica en que el país adolece de una deficiente distribución de la riqueza, de modo que el crecimiento económico no se traduce en desarrollo humano. Los viajes a Miami por el fin de semana, la proliferación de nuevos centros comerciales o la construcción de más edificios en Lima, contrastan con las viviendas precarias en los márgenes de la ciudad, el endeudamiento de quienes apenas reciben un salario mínimo o la pobreza extrema de un amplio sector de la población. Vivimos en un siglo fascinante y cruel, ¿fascinante para quién? y ¿cruel para quién? La Iglesia está desafiada a exigir la búsqueda de una economía más justa en solidaridad con los más pobres.

c) La mundialización de la economía ha agudizado la escandalosa injusticia que sufren los pobres, los excluidos y las víctimas. Esto se refleja en el círculo vicioso de la pobreza: Los niños de las familias más pobres tienen una mala alimentación y una débil salud, el apremio económico hace que obtengan un nivel de educación poco competitivo y que salgan rápidamente en busca de trabajo, de modo que siendo jóvenes tendrán que conformarse con empleos de baja especialización y de pésima remuneración. Así se van dando las condiciones que perpetúan la situación de pobreza entre las generaciones. La Iglesia está desafiada a trabajar por la promoción humana a través de iniciativas locales, nacionales y mundiales que ayuden a salir del círculo de la pobreza.

Ahora permítanme concluir con una referencia al Documento de Aparecida, que a mi entender apunta bien al desafío ético fundamental en el ámbito de la economía. Los obispos declararon: “La globalización, tal y como está configurada actualmente, no es capaz de interpretar y reaccionar en función de valores objetivos que se encuentran más allá del mercado y que constituyen lo más importante de la vida humana: la verdad, la justicia, el amor y, muy especialmente, la dignidad y los derechos de todos, incluso de aquellos que viven al margen del propio mercado” (n. 61). ¡Qué bien dicho!



[1] Pienso en quienes a partir de la centralidad del amor al prójimo postulan una ética sin teología, como una ética sin trascendencia que termina siendo un cristianismo sin Dios (Cf. J. A. Estrada, Por una ética sin teología. Habermas como filósofo de la religión, Madrid, Trotta, 2004).
[2] La distinción entre “ética de máximos” y “ética de mínimos” no coincide necesariamente con la distinción entre “ética para la vida privada” y “ética para la vida pública”, como tampoco con la distinción entre “ética religiosa” y “ética secular, civil o laica”.
[3] Estos temas se pueden consultar en: A. Cortina, Ética civil y religión, Madrid, PPC, 1995. M. Vidal, La ética civil y la moral cristiana, Madrid, San Pablo, 1995. C. Gómez Sánchez, Ética y religión. Una relación problemática, Santander, Sal Terrae, 1995.
[4] J. Gómez Caffarena, ¿Qué aporta el cristianismo a la ética?, Madrid, Fundación Santa María, 1991, p. 51s.
[5] Cf. W. T. Cavanaugh, “Consumo, mercado y eucaristía”, en Concilium 310 (Abril 2005), pp. 101ss. El relato del mercado encarna una visión fundamentalmente individualista de la persona, donde la condición ordinaria para la comunicación de bienes se realiza por medio del comercio, a diferencia del relato de la eucaristía donde la abundancia del amor de Dios orienta a la persona a la solidaridad, donde el don relativiza los límites entre lo tuyo y lo mío.
[6] Benedicto XVI subrayó que el válido mensaje central de la encíclica Populorum progressio de Pablo VI (1967) radica en que el auténtico desarrollo humano debe ser integral: debe promover el desarrollo de todo el ser humano y de todos los seres humanos (cf. CV 18).
[7] San Agustín escucha la voz de Dios: “Yo soy el alimento de los que son ya grandes y robustos: crece, y entonces te serviré de alimento. Pero no me transformarás a mí en ti, como el alimento que come tu carne, sino que tú te transformarás en lo que yo soy” (Confesiones VII, 16).
[8] Cf. J. I. Calleja, Moral social samaritana. Vol. I. Fundamentos y nociones de ética económica cristiana, Madrid, PPC, 2004, pp. 120ss.
[9] Como se sabe, hablando de Dios y del dinero Jesús dice que no se puede servir a dos señores; adviértase que Jesús no habla solo de creer en dos señores, sino de servir a dos señores, porque la idolatría de la codicia hace que la persona se someta al poder del dinero.
[10] En seguida dice: “Por ello, aunque hay que distinguir cuidadosamente el progreso terreno del crecimiento del Reino de Cristo, sin embargo, el primero, en la medida en que puede contribuir a ordenar mejor la sociedad humana, interesa mucho al Reino de Dios” (GS 39).
[11] Con audacia Benedicto XVI habló de la urgencia de la reforma tanto de la Organización de las Naciones Unidas como de la arquitectura económica y financiera internacional (cf. CV 67).
[12] Cabe destacar aquí el hecho de que los obispos de la Amazonía peruana se hayan pronunciado sobre la problemática de los nativos y de su tierra, así como lo hiciera el arzobispo de Huancayo ante el tema de la contaminación en La Oroya.